La hora estelar

Hay muchas ocasiones en que, dependiendo de la forma de plantearla, la última pregunta del protocolo para construir una noticia puede resultar una cochinada. El porqué. En Euskadi, comunidad autónoma tantos años plusmarquista en la especialidad de que unos aborígenes asesinaran a otros, mi querido Jon Juaristi vino a explicar, lúcidamente, un why universal; y necesariamente tautológico: «En Euskadi se mata porque hay mucho asesino suelto».

El porqué se fija más en la víctima, incluso al escribir los titulares; y ésa acaba siendo una manera de exigirle a ésta una cierta idoneidad moral. «Algo habrá hecho», era una sentencia popular que se colocó como epitafio sobre el cadáver de muchas víctimas; suposición que, paralelamente, daba por hecho que alguna razón debía asistir a su asesino.

La muerte de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, no obedece en sentido estricto a un crimen político. Tampoco lo fue hace siete años el de Fago, en el que Santiago Mainar, ex candidato socialista de un pueblo perdido en el Pirineo, asesinó a tiros al alcalde popular Miguel Grima, de quien había sido amigo. Fue un crimen rural, macerado en el odio que se genera en comunidades muy pequeñas y aisladas, en las que muy pocos vecinos conviven encerrados con un solo juguete.

En los 858 asesinatos de ETA, el calificativo político para el propio crimen y para las víctimas lo ponían los asesinos, en un ambiente que acompañaba mucho. En estos otros asesinatos que digo, el acompañamiento viene detrás, en los medios de comunicación y las redes sociales. Una chusma, en cantidad no despreciable, dejó muestras en Twitter de su capacidad de empatía con la mano que empuñó la pistola y apretó el gatillo, con argumentos que no sobrepasaban el nivel del refranero. «El que siembra vientos, recoge tempestades», escribió una concejal de Vilagarcía de Arousa. «Cuando las barbas de tu vecino veas pelar…», publicó otra edil de Meis. A ambas, su partido, el PSOE, las ha obligado a dimitir ejemplarmente.

Total, que nuestra izquierda antisistema empezó a mostrar su alegría cainita, brutal, en toda su obscenidad, aunque con una cierta precipitación. Las presuntas asesinas eran también del PP, lo que impide a esta gentuza exaltarlas a la categoría moral de justicieras. En una de las grandes novelas de los últimos 20 años, La hora estelar de los asesinos, el autor, Pavel Kohout, plantea un equívoco parecido en la Praga de los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Un psicópata, asesino de mujeres, ve llegada su gran fiesta en el momento en que los checos corren por las calles a sus convecinos nazis. Para pasar de asesino a héroe bastaba con ponerse a la cabeza de la jauría.

La cuestión acaba en una aporía análoga a la que plantea la Ley contra la Violencia de Género, aquella portentosa contribución del presidente Zapatero a la igualdad de los españoles y las españolas ante el Código Penal. ¿Cómo condenar la violencia conyugal en un matrimonio lésbico? ¿Se debe aumentar la pena a la agresora, teniendo en cuenta la condición femenina de la víctima, o se le debe reducir por ser mujer la maltratadora? Y, si hablamos de una pareja gay, al revés; claro: si nos fijamos en la víctima masculina, reducir la pena al agresor; y, si nos fijamos en el victimario, aumentársela precisamente por la misma razón, por el hecho de ser hombre. Los insobornables tuiteros de izquierda, ¿deben celebrar el asesinato de una dirigente del PP o deberían condenarlo en función de la militancia popular de las presuntas autoras?

Ahora, los ex culpadores se citan en Twitter como antes bajaban al bar y se acodaban en la barra. Es más barato, pero tiene dos inconvenientes: el exabrupto deja rastro y no ofrece la atenuante del «llevaba tres copas».

El progreso técnico no siempre mejora las cosas. La muerte española sigue siendo tal como la pintó Neruda hace casi 80 años: «Más ácida y aguda que otras muertes». Éstas son las cosas que le hacían decir a mi amigo Teo Uriarte: «No se darán las condiciones objetivas, pero sobran voluntarios para conducir la camioneta».

Anuncios

Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.