Escuela de calor

Uno lee el contenido de la declaración del que fuera dirigente de UGT de Andalucía, Germán Damián, y entiende el arraigo que está cogiendo el fenómeno Podemos. Interrogado por la Guardia Civil a propósito de los famosos cursos de formación subvencionados por la Junta, ha cantado que toda la Ejecutiva del sindicato estaba al loro de la existencia de un canon revolucionario, la mordida para la causa.

Los terroristas, en su labor de mímesis del Estado al que combaten, trataban de reproducir sus estructuras y aplicaban un lenguaje de inversión, que llamaba cárcel del pueblo a un agujero del que el pueblo ignoraba el paradero, retenciones a los secuestros, mientras llamaba secuestros a las detenciones de terroristas por la Policía. Y llamaban impuesto revolucionario a la extorsión.

Todo se está radicalizando mucho, pero que un sindicato socialdemócrata desbarre hasta el extremo de llamar canon revolucionario a su tanto por ciento, parece un poco exagerado. Quizá fuera más adecuado tasa reformista o canon progresista, con calificativos desprovistos de connotaciones negativas.

Claro que si se tiene en cuenta que la comisión del sindicato ascendía al 20% de la factura que retenía el responsable de Administración y Recursos Humanos, Federico Fresneda, le cuadra mejor el término revolucionario que el de reformista.

Según el declarante, Fresneda «le dijo que ese porcentaje era para afrontar los gastos de personal y teléfono, luz o transporte de la organización», y que justificar ante la Administración ese porcentaje «era responsabilidad del departamento de Justificación».

Admirable. Departamento de Justificación. También resulta impresionante aquella página de los Episodios Nacionales en los albores del proceso secesionista, en la que Maragall y Artur Mas tuvieron un diálogo ejemplar. «Vostès tenen un problema i aquest problema es diu 3 per cent», dijo el primero, a lo que Mas respondió: «Vostè, senyor president, acaba d’engegar la legislatura a fer punyetes». Y así, hablando hablando, congeniaron y se dieron cuenta de que no les convenía hacerse daño. A mí me pareció un diálogo altamente literario; sólo me pareció extraño el porcentaje. «A estos les van a denunciar por dumping», pensé yo para mí.

Alberto Moravia dijo en una entrevista que la familia era la gran escuela de la delincuencia moderna. Tenía razón, ahí estaba El Padrino. Ha tenido que llegar la democracia española a este punto para que a la familia le hayan salido dos competidores temibles para disputar la condición de espacio privilegiado para la corrupción, véase el estado del arte en Andalucía: el municipio y el sindicato. Escuela de calor. Familia, municipio y sindicato, no sé de qué me suena a mí esta tríada, tendré que investigarlo cualquier tarde.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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