Padres e hijos

Jean J. Zilberman dirigió hace cosa de 20 años una película amable, pero errada ya en el título. No todo el mundo puede presumir de haber tenido unos padres comunistas. De lo que pueden hablar muy pocos es de haber tenido unos padres catalanes, que son los que dejan a sus hijos herencias extraterritoriales y al abrigo de la voracidad fiscal española. Así lo hizo Florenci Pujol, santo varón, y así lo mantuvo su hijo Jordi, a ver quién era él para llevarle la contraria a su padre. Así lo hizo también el padre de Artur Mas, a quien el coño ese de la Udef, por decirlo con palabras de Don Pujolone, considera testaferro de este último. El propio Artur consideraba a Jordi Pujol su padre político.

Este era un asunto de padres e hijos, una cosa particular en opinión de Mas. Sólo entre padres e hijos, de ahí que la hermana de Pujol no tuviese conocimiento de herencia alguna. Por eso, Millet, el genio del Palau, cargaba a la institución la boda de la hija y luego le reclamaba la mitad a su consuegro. De ahí que el presidente de la Generalidad haya invocado unos ciertos estándares de decencia: «Es de mal gusto meterse con un muerto». La comparecencia de Montoro ha venido a ser como citarles a los muertos. Dios mío, qué solos se quedan, escribió Gustavo Adolfo, y qué socorridos resultan en lances como estos. Que se lo pregunten a los protagonistas de Filesa, a los que tan oportunamente se les produjo el óbito de Pedro Toledo.

Menos mal que el ministro estaba obligado a la discreción, pese a lo cual se le entendió todo, al preguntarse, con los catalanes, si la forma de querer y entender Cataluña (de Pujol) «está avalada por otros dirigentes de su partido y si su herencia política y sus herederos políticos no estarán contaminados por esa presunta herencia que el señor Pujol puso a buen recaudo en Andorra».

Negó que el patriarca haya regularizado sus «30 años de clandestinidad fiscal», no descartó la posibilidad de que haya incurrido en algunos otros delitos y resumió la impresión que dejó en la mayoría de los españoles, incluidos catalanes, el lamentable canto de la gallina que entonó la tarde de Santiago –y casi por compromiso–: «Si creía que pidiendo perdón públicamente se hacía borrón y cuenta nueva, se equivocaba de pleno».

Los nacionalistas afearon a Montoro que aprovechara para descalificar el independentismo. Parece que la cosa es más bien al revés, ahora que, según parece, más que herencia, hay algunas mañas financieras que han venido a enriquecer a la familia desde los tiempos de Banca Catalana. El PSOE y el PP se comportaron como validos y aprendieron a disimular como es debido. A cambio, CiU postergaba sus ansias independentistas y se llevaba su porqué todos los años al apoyar los presupuestos a unos o a otros. Ahora, acuciados por el coño ese de la Udef, no les ha quedado más remedio que echarse al monte de la independencia con el fin de alcanzar el don de la extraterritorialidad frente a la Justicia española.

No van a llegar, pero aún les queda la posibilidad de hacerse benedictinos y hacerse fuertes con su herencia en Montserrat.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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