The Long Goodbye

Sosa Wagner debía de estar el sábado en un estado de melancolía, mientras medio centenar de compañeros de partido desfilaban por el atril para ponerlo a escurrir por dos razones: llevar a los medios propuestas que deben hacerse en el partido y tildar las maneras de la dirección de autoritarias. Quizá faltaba la acusación de hacer trabajo fraccional para que aquello acabara de parecer un comité central del PCE de los años 60.

El repaso al que 50 dirigentes sometieron a Sosa durante más de seis horas recuerda el que relata Semprún en Autobiografía de Federico Sánchez, aunque a Sosa no le exigieron autocrítica y le permitieron un turno de defensa: cinco minutos. No se quejará: te recuerdo Amanda, la vida es eterna en cinco minutos, etc. Gorriarán ha retirado las acusaciones de «corrupto político 100%» que había lanzado a Paco Sosa en Twitter, pero se ha negado a pedir perdón, que sólo pide a su partido.

Es comprensible. Acusar de «corrupción política pura» al que tres meses antes había sido designado como cabeza de lista a las europeas, no califica al partido como una herramienta muy eficaz contra la corrupción. Pedir perdón al partido tiene lógica, pero me ha recordado un lance que me hizo perder un antiguo afecto por Maruja Torres, cuando, tras escribir en su columna de El País «por cada millón de personas que se manifestaba [contra la Guerra de Irak] existían cuatro millones de hijos de puta que callaban sabiendo que iban a votar a Aznar», escribió otra para rectificar y pedir perdón al periódico y a sus lectores. Por llamar hijos de puta a los hijos de puta, supongo.

El Consejo Político de UPyD aprobó el mismo día sus 20 condiciones para cualquier pacto político. La III Internacional puso 21 en 1920 para cualquier aspirante a entrar. En democracia, por lo general, basta con que tu interlocutor acepte la legalidad para sentarse a negociar un programa. El programa es el objetivo, no la condición previa. UPyD propone como requisitos, no sólo un programa, sino también un ideario y unos estatutos que definan la organización interna del posible socio.

Curiosamente, fue Rosa Díez la única dirigente que levantó la mano para aceptar la propuesta de frente contra el nacionalismo catalán propuesta por Cospedal el viernes, sin poner una sola condición. ¡Ni siquiera a C’s! Si uno fuera mal pensado, diría que ese no es un invento de Cospedal, sino el objeto de la reunión que Rosa Díez mantuvo con Rajoy el miércoles. Un presidente suele tener la agenda llena ya de víspera. En todo caso es una propuesta que, en lo que dura un suspiro, ha pasado de las musas al olvido.

«Adiós, señor Maioranos», le decía un decepcionado Philip Marlowe a quien había sido su amigo, Terry Lennox, al final de El largo adiós. El 20 de abril de 2010 presenté a Rosa Díez ante un público de empresarios en Madrid. Cité en aquella ocasión una metáfora afortunada de Savater: UPyD era la bandera roja que se caía del camión en Tiempos modernos. Chaplin la recogía para devolverla y al doblar la esquina se convertía en cabeza de manifestación. También dije que si UPyD defraudaba las expectativas «habría que echarse otra vez a la calle a esperar a que a otro camión se le cayera una bandera que pudiéramos recoger». Me temo que ya hemos llegado a ese momento. Qué lástima.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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