Movida institucional

En la crónica que ETB hizo de la apertura de las performances de la Diada se repitió nueve veces el calificativo institucional para los diversos actos del presidente de la Generalitat.

Era la primera vez que un president celebraba la jornada en el Fossar de les Moreres, lugar en el que, en pasadas ediciones, hacían su convocatoria los independentistas quemando banderas españolas e imágenes del Rey de España. En honor a la verdad, Mas no quemó ni una cosa ni otra. Es más, su presencia fue mano de santo, un acto sustitutivo, porque no hubo noticias de esta clase de incidentes.

Discurso institucional y actos institucionales, dijeron varias veces. A mi modo de ver, con cierto margen de imprecisión, porque si algo caracteriza el discurso, todos los discursos de Mas y los suyos, todos los actos que se están desarrollando en este proceso es precisamente la desinstitucionalización de Cataluña. Artur Mas es un dirigente que confundió su mandato democrático con una manifestación que él, subteniente Araña, convocó, pero a la que no asistió.

El presidente ha secundado este año la convocatoria de sus socios radicales y ha reconocido en su discurso institucional como líderes sociales a organismos radicales como la ANC y Omnium Cultural. Bueno, a decir verdad en esto no está desencaminado. Ya se encarga su Gobierno, mediante generosas subvenciones, de que estas organizaciones sean tan institucionales como el editorial concertado de la prensa catalana.

Varias veces se arropó Mas con el pueblo y Catalunya, sinécdoques confusas que le evitan pronunciar la palabra ciudadanos. Bien, y ahora, ¿qué? Seguimos en la misma tesitura, aunque cada vez va quedando más patente la inanidad de las soluciones terceristas y el ejemplo de Cameron va a reforzar a Rajoy en sus convicciones de que lo mejor para evitar respuestas indeseadas es no autorizar preguntas improcedentes e ilegales. Por otra parte, el pueblo secesionista catalán se habrá dotado de un líder como Mas, pero eso no quiere decir que se equivoque al considerar que toda concesión, mejora de la financiación o reforma federal de la Constitución no son más que signos de debilidad, que les permiten acercarse más a su oscuro objeto de deseo.

El que desafía al Estado pierde. Gracias, Rubalcaba. Y el que pierde, paga; es lo que le toca a Mas. Esto es así desde siempre, vae victis, se lo explicaba el consigliere Tom Hagen a Frank Pentangeli, en El Padrino II, al explicarle cuál era la única salida para los romanos que se conjuraban contra el César.

Cuando la memoria vaya diluyendo en adjetivos inadecuados todos estos hechos, los soberanistas del futuro superarán los actos institucionales de la ofrenda a Casanova y el oficio de difuntos en el Fossar de les Moreres para llevar flores a porfía al monumento que la nación catalana, agradecida, levantó en Premià de Dalt a Jordi Pujol i Soley, un patriota que padeció el acoso de los castellanos, aquesta gent tan ufana i tan superba, a cuenta de la seriedad con que el hombre se tomaba el dinero público y lo bien que lo guardaba.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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