El canto del cisne

La vida moderna es un azar complejo y tornadizo. Fíjense en Ruiz-Gallardón, desde ayer por la tarde ex ministro de Justicia; antaño referente socialdemócrata del partido conservador y hoy derecha pura y dura del partido.

Su dimisión es un acto insólito en la política española y, por eso mismo, un hecho admirable. Y hermoso: el canto del cisne entre patitos feos. «Un bel morir tutta una vita onora», escribió Petrarca, y la dimisión es el bel morir de los políticos que abrocha con dignidad errores del pasado. La dimisión es el seppuku de los políticos con sentido del honor, una rareza en estos tiempos.

Él había puesto mucho empeño en una ley que ni siquiera gustaba a parte de los suyos. Y fuera del PP, sólo a Vox. Habría sido muy razonable la eliminación de los tres rasgos que hacían de la ley Aído-Pajín un esperpento: la consideración del aborto como un derecho, la complicidad del Estado con adolescentes temerosas de bronca en casa al dar la nueva («Mamá, papá, estoy algo preñada») y la declaración del legrado como un bien universal y gratuito. Con lo baratos que son los condones.

Después de tantas promesas incumplidas, tenían que empeñarse en cumplir precisamente ésta y en unos términos que derogaban no sólo la reforma Aído, sino también la del 85, la de los tres supuestos, con la que Aznar pudo gobernar sin tocarle una coma. Y no parece que, en el PP de ahora mismo, Aznar le parezca a nadie un sospechoso socialdemócrata.

Si Gallardón tenía aspiraciones sucesorias, las enterró en el Ministerio de Justicia. El presidente puso la lápida al comunicarle el decaimiento del anteproyecto de Ley Orgánica de Protección del Concebido y los Derechos de la Embarazada.

No había consenso, ha argumentado el PP para retirar el anteproyecto. En realidad nunca lo hubo, pero no parece que esa carencia haya sido en otros casos motivo disuasorio para un partido instalado en una confortable mayoría absoluta en el Congreso.

Si esta reforma fue la ocurrencia de algún estratega con la pretensión de hacer frente a la desmoralización que suponía el caso Bárcenas, su cálculo no podía estar más errado. Bueno, vale, fue que a algún genio se le ocurrió que había que cumplir ese punto preciso del programa electoral precisamente en el momento en que arreciaban los vientos por lo de Bárcenas; algo casual, no causal. En todo caso, no conocía mucho a su partido ni estaba al tanto del estado del arte en la sociedad española. Fue un gran regalo para la oposición, que ha acabado cobrándose su premio en la cabeza del ministro de Justicia, que ha terminado así una carrera política en la que había sido presidente de la Comunidad y alcalde de Madrid con mayorías absolutas.

Ha dimitido y el gesto le honra. El sábado pasado, durante el congreso extraordinario de los socialistas vascos, su secretario general dedicó un rato a la crítica de la ley Gallardón, exigiendo a Rajoy «que obligue a dimitir a su ministro de Justicia». Esta amable acracia está llegando un poco lejos. Pedro Sánchez, que aspira a la Presidencia del Gobierno, primarias mediante, debería saber que entre las prerrogativas del presidente está la de rehuir las perífrasis en casos como éste y conjugar un verbo transitivo: destituir.

El PSOE ha celebrado la noticia como un éxito propio. Llega tarde. Esto, como la abdicación, como la dimisión de Rubalcaba y probablemente hasta el fallecimiento de Botín, ya se lo habrá apuntado Podemos.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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