‘Lehendakari’, quebequés

En los últimos días de septiembre, se produce cada año un par de acontecimientos de primera magnitud en el calendario político vasco: el Debate de Política General, en el Parlamento, y el Alderdi Eguna (Día del Partido), que congrega a los afiliados del PNV en las campas de Foronda el último domingo de septiembre.

El Debate de Política General había conocido dos hitos notables: en el de 1987, el lehendakari Ardanza hizo una afirmación inédita en la historia del nacionalismo: «De ETA nos separan no sólo los medios, sino también los fines, porque los objetivos que se persiguen están inevitablemente contaminados por los medios que se emplean para alcanzarlos». Nunca antes había dicho un nacionalista semejante cosa. Nunca más volvió a decirlo.

En el de 2002, celebrado el 27 de septiembre, el lehendakari Ibarretxe presentó el plan soberanista que llevaba su nombre. Yo ya sabía que el lehendakari Urkullu era mucho más sensato que su correligionario y que su homólogo catalán. Lo tengo escrito. El discurso fue plano, como corresponde a una democracia muy madura: un discurso suizo, de lechero despertador y reloj de cuco. Por eso no me ha sorprendido que toda la referencia contenida en su discurso al citado referéndum hayan sido estas palabras: «Hemos comprobado que en Escocia ha sido posible alcanzar un acuerdo para que la voluntad democrática se exprese en relación a una cuestión fundamental para su futuro».

Añade Urkullu que también fue posible «en Quebec, tras el dictamen del Tribunal Superior de Canadá de 1998. Este dictamen ofrece una respuesta en cuatro estadios: la apertura de un diálogo político sin un resultado predeterminado; la negociación de buena fe; el acuerdo, y una clara ratificación de la sociedad ante una pregunta también clara».

Pasmoso. Arrimar el ascua a su sardina se llama esta figura. Ha reescrito la historia moderna de Canadá con las cuatro pautas que sirven de guía a su Gobierno: diálogo, negociación, acuerdo y ratificación. En realidad, los quebequeses empezaron por el referéndum de independencia, lo que usted llama ratificación. Celebraron dos: el 20 de mayo de 1980 y el 12 de junio de 1995. Tras la victoria mínima del no en este último (50,58% de noes frente a 49,42% de síes), el ministro de Relaciones Intergubernamentales de Canadá, Stéphane Dion, pidió un dictamen al Tribunal Supremo, sobre el que el Gobierno elaboró la llamada Ley de la Claridad. Nunca se ha vuelto a celebrar un referéndum en Quebec. El partido quebequés lo intentó tras su victoria de 2012, pero no pudo y adelantó las elecciones al 8 de abril de 2014. Las ganó por mayoría absoluta el Partido Liberal. Los nacionalistas se hundieron con una pérdida de 24 escaños, incluido el de la primera ministra, Pauline Marois.

Le diré, lehendakari, que esto lo recuerdo bien. Cuando Dion vino a Bilbao a hablar de Quebec y de su ley, me cupo el honor de presentar su conferencia, tras haberle acompañado durante la jornada. Por cierto, nadie de su partido, del de usted, quiso recibirlo para dialogar. Era el 25 de noviembre de 2003.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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