Salud crítica

Tras el contagio del ébola padecido por el sacerdote García Viejo, cabía repatriarlo y admitir un riesgo, aunque fuera pequeño, de importar la enfermedad o enviar la ayuda médica necesaria para atenderlo en Sierra Leona, evitando cualquier posibilidad. Evidentemente, no se trataba de regatear la solidaridad que España debía a García Viejo y Pajares, sino de evitar males mayores.
Las fotos del avión medicalizado dispuesto para el traslado daban esa confianza que nos embarga en ocasiones a los ciudadanos de los países serios: llaman al timbre a las tres de la mañana y es un lechero algo sádico y muy madrugador; toca repatriar a un conciudadano enfermo y se toman las medidas para atenderle como se merece, cortando toda posibilidad de que avance la pandemia.
Vayamos a los hechos. La auxiliar que ha dado positivo en los análisis se fue de vacaciones el 26 de septiembre, después de fallecer García Viejo, a quien había atendido en dos ocasiones. El día 30 empezó a quejarse de fiebre, sin que le fueran realizadas las pruebas hasta el lunes 6 de octubre. Dos detalles: fue a buscarla una ambulancia sin medidas especiales, que al día siguiente continuó haciendo servicios y traslados de enfermos. Ya en el hospital la instalaron en un box de Urgencias, separado de otros pacientes y sus visitas por una simple cortina, como si hubiera sufrido un cólico renal.
Luego vino lo de Ana Mato in press conference. No todo fue catastrófico en su comparecencia. Por ejemplo, el hecho de comparecer vestida de negro revelaba una sensibilidad hacia la gravedad del asunto que es preciso tener en cuenta. Por ejemplo, ceder la palabra a personas más cualificadas para que respondieran a las preguntas de los periodistas.
En realidad, eran preguntas al viento, porque ni la ministra ni sus acompañantes, más técnicos, estaban en condiciones de proporcionar informaciones precisas y completas sobre las causas. Claro que si querían respuestas, los periodistas deberían preguntar a cualquier tertuliano amigo, que por lo general sí están en condiciones de dar respuestas acabadas.
Y de exigir responsabilidades, claro. La primera, la dimisión de la ministra, o en su caso, la destitución, algo que Rajoy debió hacer un par de cursos atrás. Ayer dio más motivos: después de convocar a los consejeros autonómicos, se hizo sustituir por la directora general de Salud Pública, tercer nivel del Ministerio, y cambió la reunión por videoconferencia.
La ministra está amortizada, aunque tienen razón los socialistas al no exigir su dimisión en medio de la desolación, según la máxima ignaciana. Es un ejercicio de responsabilidad, tiempo habrá, porque no creo que guarden memoria de la rueda de prensa de su Maleni tras el accidente de Spanair. La marca España y el turismo. ¿Puede haber algo peor? Sí, lo que algunos consideran solución: Ada Colau dice que Mato pretende «un exterminio encubierto». Luego admitió que «pudo ser una ironía excesiva», demostrando que nunca sabe de qué habla. Ni cuando dice exterminio, ni cuando dice ironía.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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