Las malas compañías

El alcalde de Barcelona, Xavier Trias, es la prueba de que los secesionistas catalanes son gente muy vistosa. Baste ver su razonar: «No soy partidario de la independencia, no lo he sido; ahora, si hay una votación, votaré a favor».

Tal vez mi incomprensión se deba a su manera de expresarse. Xavier Trias es en sí mismo la refutación del mantra según el cual la educación monolingüe en catalán hace de sus beneficiarios más competentes en el uso del castellano que los españoles propiamente dichos. El discurso se le queda siempre en mero esbozo.

Claro que si uno tratara de encontrarle sentido a esta mojiganga, habría de concluir que la única independencia que de verdad les interesa es la que les dote de una confortable extraterritorialidad respecto a la justicia española. No es lo mismo ir a la Audiencia Nacional como Granados y los pringados del PP que la posibilidad de hacerlo ante un juez de casa; imaginen que CiU nombre presidente del Supremo al gran Lluís Pasqual Estevill, a quien ya llevó como representante al CGPJ.

Nada me gustaría menos que incurrir en juicios temerarios. Doy por bueno, de momento, el documento acreditativo de que el alcalde de Barcelona no ha tenido cuentas en Suiza en los 10 últimos años; no se hacen ustedes idea de lo virtuoso que puedo llegar a ser con un papel de fumar entre las manos.

Sostiene la Oficina Antifraude de Cataluña que la ampliación de la Marina de Port Vell con muelles de atraque para yates muy lujosos, el plan más ambicioso del alcalde Trias, que en realidad lo había heredado de Hereu –qué venturosa redundancia– contiene ingredientes para una novela sobre negocios turbios y blanqueo:

Sociedades offshore; empresas como Salamanca Nine Ltd., con un capital social de 1.000 dólares, que afrontan un proyecto de inversión de 35 millones; oligarcas del petróleo ruso; antiguos oficiales del ejército británico que se privatizan en actividades mercenarias; paraísos fiscales en las Islas Vírgenes y en las Caimán, las Islas del Canal, Suiza y Hong Kong; y fondos opacos –cosa natural si bien se mira: es la legendaria timidez del millón de los dólares keynesianos; y una Autoridad Portuaria (Ayuntamiento, Generalitat y Gobierno) haciéndose la distraída.

Philip Marlowe pronuncia un responso laico ante su amigo el policía Bernie Ohls, mientras una grúa saca de la bahía de San Francisco el coche de los Sternwood con el cadáver de su chófer ahogado en el interior: «No tenía las amistades adecuadas. Eso es todo lo que los antecedentes significan en este país podrido de crímenes». Es una muy precisa definición de la Cataluña pujolista (y la sociovergente). Lo que no se ve por ninguna parte es el cacareado hecho diferencial. ¿Cómo pueden decir, en vista de lo visto, que Cataluña no es España?

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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