20-N, tercer año

Zapatero tuvo la ocurrencia de elegir tal día como ayer para celebrar las elecciones generales de 2011. Era una broma, fijar los comicios en el aniversario de la muerte del dictador. Tampoco en lo simbólico hilaba fino: el 20-N del 75 supuso para los españoles el comienzo de una transición que nos llevaría a la convivencia en libertad, no era buena fecha para su despedida.

Aquel mismo 20-N moría en Madrid Javier Pradera, intelectual de cámara del socialismo, a quien uno debe la creación de Alianza de bolsillo y le quedó agradecido por ello.

Los españoles no vieron en la fecha la amenaza del franquismo, como quizá pensó el bromista, sino el fin de una etapa desdichada. Y votaron masivamente a un hombre que les había dicho: «Créanme, yo soy previsible». Casi 11 millones de votos y 186 escaños, 32 más que en 2008, mientras el PSOE se hundía hasta sus peores resultados, perdiendo 59 escaños y más de 4,3 millones de votos.

Han pasado tres años y el partido del Gobierno ha perdido en ellos el apoyo popular que tuvo, lo cantan las encuestas y el deshilachamiento de los afectos que entretejían su base electoral. Lo que en el zapaterismo fue una apuesta ciega por la preeminencia de la política, de lo ideológico en detrimento de los hechos materiales, en el marianismo ha sido la creencia exagerada en que los ciudadanos sólo estaban interesados de verdad en la mejora de la situación económica a lo que Rajoy se ha dedicado en cuerpo y alma, con resultados no desdeñables, como ahorrar a España el trance del rescate.

Para ello no vaciló en sacrificar promesas que materializaban principios, como la bajada de impuestos. Interpretadas las políticas de nuestros dos últimos presidentes en clave marxista, podríamos decir que Zapatero quería impulsar la historia con la lucha de clases, y Rajoy con el desarrollo de las fuerzas productivas. En lo estrictamente político le pasarán factura el 9-N y un tratamiento del aborto que ha excitado a los adversarios y cabreado a no pocos de los propios.

El prudente éxito económico no bastará para compensar la sustitución de la política por la tecnocracia, especialmente porque las cifras macro no bastan para consolar a tantas víctimas micro y porque el Gobierno debería haber tenido en cuenta un versículo de los Evangelios enmendado por Woody Allen: «No sólo de pan vive el hombre; también necesita un trago de vez en cuando».

No es probable que el cálculo ramplón del primer partido de la oposición, manchado de zapaterismo y sin propósito de la enmienda, vaya a recoger los frutos de la que parece segura debacle del PP. Lo harán el populismo y el rebrote del secesionismo que encarnarán la fragmentación y las tendencias centrífugas de la democracia española. La próxima legislatura nos acordaremos de la presente con nostalgia.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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