La confianza de Rajoy

Quién le iba a decir a Rajoy hace tres años que acabaría por añorar a Rubalcaba. Y sin embargo, la añoranza que le espetó la semana pasada a Pedro Sánchez era perfectamente previsible, una variante de la ley de Murphy. Con el tiempo todos vamos a añorar a Mariano Rajoy, acuérdense de esto que les digo, dentro de tres años.

Hoy, es un hecho que ha perdido la confianza en el PSOE y en su secretario general. Yo también. No es que haya tenido nunca mucha, pero hombre, por comparación con Madina y Tapias, cómo no. Era razonable esperar que después de Zapatero no podría venir algo tan nocivo, y sin embargo, ya ven. Les confesaré que sus ocurrencias inaugurales me despistaron mucho: su petición de funerales de Estado para las víctimas «del terrorismo machista», así lo dijo, en franca demostración de no saber qué cosa es el terrorismo y qué el machismo. También fue muy estupefaciente su predisposición a eliminar el Ministerio de Defensa, pero lo que de verdad encendió todas las alarmas fue la caída de las vocales de su nombre en posición interconsonántica: ahí no había remedio, al secretario general se le caían las vocales como a los tontos la baba, era un hombre que vivía en la dimensión de los 140 caracteres.

A Mariano Rajoy le ha dolido especialmente que el sucesor de Rodríguez Zapatero y Rubalcaba, los artífices de la reforma constitucional para retocar el 135, haya puesto la pelota en su tejado, tiene cojones, Romanones, llegando a avergonzar a sus propios compañeros de partido.

Otro tanto le ha pasado con Artur Mas. Se atribuye a Perón, Perón, qué grande sos, / mi general cuánto valés, una sentencia muy razonable: «De todas partes se regresa, menos del ridículo». Mas y sus seguidores carecen del sentido del mismo y es eso lo que les convierte en peligrosos. Imagínense ustedes que el hombre a quien han votado hubiera manifestado públicamente «sobre todo, tenemos que engañar al Estado». Con toda seguridad, les parecería un botarate y se avergonzarían de su voto, no diré más.

Ahora pónganse en el lugar de un presidente del Gobierno que, después de esa declaración de intenciones es, efectivamente, engañado, atraído hacia una negociación para que el Estado se hiciera el distraído durante la consulta: pudiera alegar que no era cosa de Mas, sino de las damas que lo acompañan, Forcadell y Casals. Y se encuentra con que la negociación ha sido filtrada a El Periódico la víspera de la consulta y con que el astuto Mas reivindica su autoría el día de autos, en el que su vicepresidenta participa en el recuento y anuncia los resultados.

Por si eso fuera poco, Sánchez y los suyos se niegan a suscribir el pacto anticorrupción que el presidente propuso en el Congreso, lo que llevó a éste a echar de menos al antecesor de Snchz, un tal Pérez, a quien no se le caían las vocales de su nombre ni de los pactos que suscribía. Mariano Rajoy es en estos días un hombre justamente cabreado, aunque no tanto como para haber concluido que la dignidad del Estado exige poner coto a la impunidad de quienes lo retan. Le falta un esfuerzo más.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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