La casta (y la Susana)

Para encontrar una institución más endogámica que la Universidad española tal vez habría que mirar a la República de Corea del Norte. No es una afirmación general. Hay profesionales que ejercen como tales y no son lo mismo unas universidades que otras, las facultades de Ciencias y las de Humanidades, Departamentos y Departamentos. Y está el Departamento de Ciencia Política de la Complutense, aunque ahí dentro no sea igual el catedrático Antonio Elorza que el ex profesor interino Pablo Iglesias y su tropa, los cerebritos de Podemos, en el lenguaje maternal de una columnista.

Se descubrieron como casta al privatizarse el Aula Magna para boicotear una conferencia de Rosa Díez y cuando empezaron a cuajar como partido repartieron alrededor la etiqueta que a ellos les colgaba: la casta. Proyección se llama la figura.

El caso Errejón. Uno de su casta y su partido le sacó una plaza ad hoc en Málaga, él la ocupó virtualmente, incumpliendo horarios, presencia e incompatibilidades del contrato. Al descubrirse el pastel, anuncia que lo deja porque el partido le quita mucho tiempo. Al parecer no se lo quitaba cuando él era (precisamente) el jefe de la campaña electoral, cobrando de las dos partes. Desmercantilización de la vivienda en Andalucía, qué gran tema. Podría haberle echado una mano la novia de su jefe, una virtuosa de IU que con su padre (concejal y camarada) y su hermano había pillado tres VPO en Rivas.

La corrupción no es un problema sólo cuantitativo y los chicos de Podemos se han inspirado en sus mayores. Hubo desde los 90 empresas que facturaban trabajos ficticios para pagar los gastos de campaña del PSOE o instituciones que pagaban el sueldo a profesionales que en realidad trabajaban para el partido. El caso Filesa, un suponer. El caso Naseiro y los cafés de Juan Guerra. El problema no estaba en si el vicepresidente conocía o no los hechos, sino en un orden de valores que le permitía ocupar un despacho público para negocios privados y el delegado del Gobierno creyera que aquello era el orden natural de las cosas. Entre la Cuatro y el Bronx, los muchachos de Podemos cantaban enseñando sus Cintoras, si me permiten parafrasear a Lorca. Un tal Rafa Mayoral, portavoz, hacía aspavientos acusando a Susana Díaz: cómo pueden comparar con lo de Bárcenas.

Evidentemente, es mayor latrocinio el de Bárcenas que el de aquellos mindundis que en el Ayuntamiento de Baena falsificaban facturas a nombre de la Virgen de los Desamparados para irse de putas con la pasta resultante. ¿No vamos a ser indulgentes con los pecados de la carne? Hombre, sí, pero yo no les quitaría importancia si quien los comete es el arzobispo de Granada y menos aún si se lo paga con dinero público.

No todo es la cantidad. También está el conceto. Groucho preguntaba a una mujer: «¿Se acostaría usted conmigo por un millón?» Y al decirle ella que sí: «¿Y por un dólar?». La dama respondía ofendida: «¿Qué se cree usted que soy?». «Lo que es usted ya ha quedado claro. Ahora estamos negociando el precio».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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