Los que no pueden

El viernes, al ver la performance de la izquierda plural en el Congreso de los Diputados, autoamordazados para la ocasión en protesta contra la Ley de Seguridad Ciudadana, era muy fácil sentir nostalgia de aquella izquierda que acaudillaba Santiago Carrillo hasta que el PSOE alcanzó la mayor representación que partido alguno haya obtenido en la democracia española: 202 escaños.

Esta izquierda de ahora tiene una cierta querencia por el oxímoron, la contradicción en los propios términos que viene desde que Zapatero acuñó aquello de la España plural, más unida que nunca y que nos ha dejado como regalo el proceso secesionista catalán. El zapaterismo nos explicó que era el PSOE el partido que más se parecía a España. Se equivocaba hasta en eso: era evidente que lo más parecido a la España que ha dejado tras de sí el último Gobierno socialista es una izquierda que se llama Unida en la calle y Plural en las instituciones: una y diversa.

Recordarán ustedes la satisfacción con la que los dirigentes de IU acogieron los resultados de las europeas. Sólo ellos podían considerar un éxito los seis escaños que alcanzaron, sin darse cuenta de que la estrella de las elecciones había llegado para hacerse la dueña de la casa. Ahora, hasta Lara, Centella y Garzón están empezando a percatarse de lo que era un clamor: Podemos no está por un frente con IU; le basta con quedarse sus votos en lo electoral –para redondear los que le va a quitar al PSOE– y sus cuadros militantes en el campo orgánico. Alberto Garzón, el diputado más joven del Congreso, parece creer en que la coincidencia generacional es un programa político en sí misma.

La única confluencia que cabe esperar entre Podemos y Los Que No Pueden es la que ya existe en la práctica entre el secretario general de los primeros y la candidata a la Comunidad de Madrid por parte de la segunda, por más que el diputado Garzón no acabe de asumir que a los ojos de Pablo Iglesias es un membrillo. Mientras, el Partido ha evolucionado a tal velocidad que ni siquiera el secretario de Organización, Sergio Pascual, ha llegado a darse cuenta de que ya no es el suyo un invento asambleario, sino un partido organizado al modo leninista.

Proclama el tal Pascual que las asambleas son soberanas para decidir el modo en que quieren concurrir a las elecciones, lo cual que no debió de estar atento a lo que pasó aquel fin de semana de noviembre en que los círculos se cuadraron, el portavoz quedó ungido como secretario general y, al grito de «todo el poder para los soviets» se constituyó el partido que aspira a representar en exclusiva a la izquierda española, aunque el PSOE e IU parecen creer que cuanto más copien a Iglesias más conjuran la amenaza. Pueden preguntarle al pobre Echenique, otro Pablo al que ya no le sacan en las fotos.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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