Una dimisión cantada

La alerta informativa con que se anunció a media mañana de ayer la dimisión del fiscal general del Estado entrecomillaba «por razones personales». El presidente del Gobierno se apuntó a esa versión, añadiendo uno de esos corolarios que tan famoso hicieron a su predecesor: «Y las razones personales son siempre respetables». Ya de paso, descalificó las críticas del PSOE porque «su posición es siempre la misma». Seguramente tiene razón respecto a Sánchez, aunque ignore la evidencia de que hasta un reloj parado acierta dos veces al día con la hora.

No todas las razones personales son respetables. Las de Torres-Dulce son personales y respetables en la medida que no hay nada tan intransferiblemente personal como la defensa de un código moral, de una ética del comportamiento, de una deontología profesional. La dimisión del fiscal general estaba cantada. El pasado mes de julio vio cómo el Gobierno le quitaba a su más estrecho colaborador, Antonio Narváez, para cubrir la vacante de Enrique López en el Constitucional, sin decirle a él ni mu.

Omnes vulnerant, postuma necat, se leía en los relojes de antaño. Luego vino lo de Artur Mas y la extravagante consulta de noviembre. El Gobierno, en una laboriosa negociación a oscuras, filtrada por uno de los interlocutores a El Periódico la víspera, había prometido dar por buena la consulta, siempre que la convocaran los particulares: Òmnium y ANC. En tal caso sería «un acto de libertad de expresión», según había anunciado el ministro Catalá el jueves, 6 de noviembre. El Ejecutivo se encuentra el día de autos con un Artur Mas que reivindica el delito: «he sido yo»; y entonces empieza a presionar al fiscal para marcarle su obligación y también el tiempo en el que ha de ejecutarla.

El 19-N comparé a Torres-Dulce con el sheriff Kane, que encarnaba Gary Cooper en Solo ante el peligro; perdonarán la autocita, que para eso es Navidad, y total, ¿a ustedes qué más les da? El fiscal general, en su soledad entre el Gobierno y los pintorescos fiscales catalanes, hizo lo que debía, como hizo Gary Cooper en un personaje que forzosamente ha de agradarle mucho al cinéfilo que es: restablecer el orden y el principio jerárquico en la Fiscalía, con la inmensa mayoría de los fiscales de sala a su favor (22 de 24) y después tirar la estrella de latón al suelo, en el momento de subir al coche con Grace Kelly y salir del pueblo, mientras se oye in crescendo la música de Tiomkin.

Eduardo Torres-Dulce ha sido un fiscal ejemplar en su independencia, por eso estaba condenado a dejarlo. Aquí estamos más hechos a la Fiscalía como un apéndice del Gobierno en los asuntos de la Justicia. El PSOE tuvo al gran Eligio Hernández, también conocido como El Pollo del Pinar en la lucha canaria, y a Conde-Pumpido, y el PP a Jesús Cardenal. Torres-Dulce tenía que chocar con unos hábitos gubernamentales que los dos partidos han mantenido respecto a la Justicia desde aquel mes de enero de 1985 en que se aprobó la Ley del Poder Judicial.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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