Cap d´any

Fueron seis minutos escasos los que empleó Artur Mas en lo que él mismo calificó pomposamente de tradición para dirigir a los catalanes (y a las catalanas, claro) lo que también él mismo calificó de reflexiones. Fueron apenas tres folios de tópicos que debieron hacer añorar a los televidentes el discurso del Rey en Nochebuena. Claro que estamos en plena Ley de Murphy. Todo puede empeorar y lo hará esta noche, cuando el lehendakari Urkullu dirija el suyo a los ciudadanos vascos que sintonicen ETB. Porque el presidente del Gobierno vasco dirigirá a los suyos un discurso que también será tradicional, faltaría más.

La tradición en territorios nacionalistas es cemento de fraguado rápido. Los más viejos del lugar recordarán cómo el batasunoTasio Erkizia decía en los primeros 90: «Desde hace seis años [se refería a las medidas del ministro francés del Interior, Charles Pasqua, que en 1986 había decretado la entrega directa de terroristas a las autoridades españolas] Francia se ha convertido en enemigo secular del pueblo vasco», uniendo con mucho brío la sinécdoque a la elasticidad con que manejan el tiempo los hijos más conscientes de un pueblo heptamilenario.

Tempus fugit, ya se sabe, pero la velocidad a la que fluye es una cuestión discutida y discutible, como habría dicho el anterior presidente del Gobierno. La tradición, por otra parte, es entre nosotros perfectamente previsible y el discurso que esta noche dirigirá el lehendakari Urkullu a los vascos (y a las vascas, claro) será también tópico, y más soso si cabe, que el que anoche pronunció Artur Mas. Y ya lo creo que cabe. La Ley de Murphy es, en este aspecto, fatalmente inexorable: lo que pueda empeorar, lo hará.

Los dos discursos, juntos o por separado, mejorarán considerablemente el recuerdo que los españoles tienen del mensaje navideño del Rey, aunque en lo que hemos podido ver Mas tenía la senyera más pegadita al cuerpo que Felipe VI la bandera española. No había sofá interpuesto. Lo bueno que tiene la tradición, por otra parte, es que lo hace todo más previsible. Por ejemplo, a pesar de la pertinacia con que ETB se resiste a ofrecer en Nochebuena el discurso del jefe del Estado, el único resultado práctico será que la televisión pública vasca lo pagará en términos de share.

El número de vascos que siguió el mensaje del Rey el pasado día 24 será mayor que el de los que sigan esta noche el de Iñigo Urkullu. Y sólo en televisiones españolas, hay que joderse.

«Mientras tenga la confianza que me han otorgado vuestros votos», dijo anoche el increíble hombre menguante de las legislaturas interruptas. En los dos años que duró la anterior, pasó de 62 a 50 escaños, y las encuestas le vaticinan entre 32 y 34 ahora mismo. Y bajando.

Los ciudadanos catalanes empiezan a percibir que detrás de la pugna entre CiU y ERC sólo hay una sórdida batalla por un plato de legumbres: los derechos de primogenitura en el Antiguo Testamento, el botín del robo en Rufufú.

Mas incurrió en el análisis esquizoide de todo nacionalista. Se quejan de falta de competencias para dirigir su propio destino y gobernar su economía, pero no hay dato macroeconómico positivo que no se lo atribuyan por entero a su pericia en la gestión, adornándose con plumas ajenas, sacando pecho con los giros del FLA que le manda periódicamente Cristóbal Montoro, esa suegra consentidora de la política autonómica, que ha condonado los intereses de la deuda de las comunidades autónomas correspondientes a los años 2012, 13 y 14, en evidente trato de favor a las más traviesas, financieramente hablando: Cataluña y Valencia. La condonación es una gracia de Montoro en nombre del Gobierno por hacer las cosas mal.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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