Una cuestión religiosa

Al ver ayer las imágenes de la multitudinaria manifestación de París era inevitable compararlas con las que siguieron a los atentados del 11-M en Madrid, resueltas contra el partido del Gobierno en un acoso cuya paternidad se disputan 11 años después los secretarios generales de los dos partidos de la oposición mejor situados en la intención de voto de los españoles, según la encuesta publicada ayer en El País.

Durante algún tiempo consideré que la expresión que mejor resumía mi actitud religiosa era una frase de Woody Allen: «Yo, para Dios, soy la leal oposición». Desde que me enteré de lo que era una fatwa a partir de la que el ayatolá Jomeini decretó contra Salman Rushdie me reconocí más en la de Luis Buñuel: «Gracias a Dios soy ateo», dicho sea esto sin afán de presumir, pero sí con la voluntad de reivindicar una posición privilegiada para la objetividad.

A partir de aquí, no me es posible declararme neutral entre todas las confesiones religiosas por una cuestión de estricta supervivencia: mi ateísmo es compatible con mi vida en sociedades cristianas, budistas o judías, pero no lo sería en una república islamista. Tampoco si yo fuera un homosexual o una mujer adúltera. Hay varios siglos de distancia moral entre una religión y otras.

Y, sin embargo, han proliferado en estos días expresiones bienintencionadas, como la de mi amigo Gorka Landaburu, víctima él mismo de un atentado terrorista: «El terrorismo no tiene religión». No es una afirmación muy precisa ni muy afortunada. El atentado contra Charlie Hebdo de los hermanos Kouachi, el que paralelamente perpetró Amedy Coulibaly contra una agente de policía en Montrouge y los cuatro rehenes a los que asesinó en un supermercado kosher de Vincennes, así como la masacre que hace tres semanas acabó con las vidas de 132 escolares en la localidad pakistaní de Peshawar, sí la tenían. Es una obviedad que no todos los musulmanes simpatizan con estos asesinatos, aunque sí llama la atención que el rechazo no se acerque, ni de lejos, a la unanimidad. A mí me recuerda un poco a la actitud de la sociedad nacionalista respecto al terrorismo etarra: no era partidaria, pero no puede decirse que su condena fuera tajante.

Aceptemos resignadamente las inanes metáforas del rotring contra el kalashnikov y la creencia en una hipotética superioridad de la primera que no sea estrictamente moral. Tampoco parecen de recibo los argumentos que proclaman el derecho a la blasfemia. Recuerdan al derecho al aborto reivindicado por los abortistas, con casos tan tontos como el de las Femen, que lo elevan a sacramento; «Aborto es sagrado» se pintan entre las tetas. A los laicos nos basta con que ambos estén despenalizados. Mi ateísmo se siente compatible con una religión que considera pecado el aborto y la blasfemia, allá cada creyente y su conciencia, pero esto es radicalmente imposible en cualquier teocracia, porque la identidad entre el Estado y la Religión convierte el pecado en delito; en el caso de Charlie Hebdo, capital.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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