El dedazo tardío

Una de las cuestiones más peliagudas para todo gobernante es cómo deshacerse de sus excedentes, cómo decir a uno de sus fieles: «He decidido prescindir de tus servicios», sin emplear siquiera uno de esos deliciosos eufemismos construidos ad hoc: «Te agradezco los servicios prestados».

No importa el grado de poder del gobernante. Franco y Felipe González tenían un problema parecido para afrontar las crisis. El dictador inventó la figura del motorista, que aún funciona como metáfora de la destitución. Se cuenta que en cierta ocasión recibió la visita de un ministro amigo que fue a quejarse, a lo que respondió con su legendario empleo de la alteridad: «Desengáñese, amigo mío, ¡que vienen a por nosotros! ¡Que vienen a por nosotros!». Un socialista de primera hora fue a La Moncloa a exponer a Felipe su protesta por darle la cuenta. Felipe le dio tal explicación que el hombre creyó que había sido confirmado.

Dicen que el tiburón cierra piadosamente los ojos al atacar a su víctima, pero debe de ser una leyenda marítima. Contaba el socialista José Ramón Recalde que, detenido en los años 60, fue víctima de una paliza considerable por uno de sus carceleros. Entonces, contaba, «recordé una frase de Sartre sobre lo insoportable que le resultaba al torturador sostener la mirada al torturado. Y me puse a mirarle a los ojos. ‘Chulo’, me gritó, y me pegó con renovados bríos. Entonces pensé que aquel señor no había leído a Sartre y volví a bajar la mirada».

Mariano Rajoy muestra el mismo pánico a las crisis de Gobierno. O a las listas, ese «quítate tú para poner a este». Los demás partidos habían adoptado las primarias para soslayar la imagen prepotente y ominosa del dedazo.

Esto no quita para que en las primarias se introduzcan de vez en cuando elementos que las desvirtúan, fíjense en el Simancasway para sustituir a Tomás Gómez por Ángel Gabilondo o en el caso de Tania Vaciamadrid, a quien le gustó tanto ese lance en IU, que renunció a la candidatura para poder ganar otras primarias con Podemos y Asociados.

De Rajoy siempre han destacado los suyos su frialdad letal en el manejo de los tiempos, pero está llevando la guerra de nervios hasta unos extremos que se le va a pasar el arroz. Mariano, que es para hoy, le están diciendo desde su partido y desde la prensa amiga.

Seguramente piensa que el empeño de Ignacio González, que no sabe si debe temer más a amigos o a enemigos, es un incordio, pero por lo visto hasta ahora parece que confía en que los inconvenientes se aparten solos. Hay lío en Madrid sin que haya confirmado ni descartado a Esperanza Aguirre, tiene guerra abierta en Murcia y en Valencia, y una decisión que tomar en Canarias.

Y sin embargo, cabe que tenga razón el presidente. Para qué las prisas. Fíjense, por ejemplo, en lo tempranamente que designó candidato a la Presidencia de la Junta de Andalucía. Juan Manuel Moreno Bonilla, que, en acertada sentencia de Antonio Burgos, «tiene nombre de árbitro de primera división». Un servidor recuerda haber escrito que iba a parecer un pobre piolín frente a una gataza como Susana Díaz, que se lo zamparía de un bocado, para hacer después un provechito y dejar un par de plumas flotando a la orillita del Guadalquivir.

Tal vez en esta reflexión esté el secreto para conjurar el desencanto: hacer listas-sorpresa en todas las candidaturas, mantener en secreto los nombres de los candidatos hasta la jornada de reflexión. Cuanto más los conozcamos hay más riesgo de que destiñan.

Anuncios

Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.