Un ‘pourparler’

EL MUNDO – 01/05/15

Hay cargos que imprimen carácter y uno de ellos es el de ministro de Justicia. Si uno hace un repaso a la galería de retratos, casi es para echar de menos a Margarita Mariscal de Gante, la primera en ejercer el cargo con Aznar, tan discreta. Zapatero tuvo tres: López Aguilar, Fernández Bermejo y Caamaño, no les diré más. Luego llegó la etapa de Rajoy, el Gobierno de los mejores, según anunció el presidente antes de serlo, y nombró a Ruiz-Gallardón, quizá por la misma razón que Zapatero había confiado la cartera de Defensa a Pepe Bono: por seguir aquel sabio consejo de McNamara a Johnson sobre la conveniencia de contar con Edgar J. Hoover: «Es mejor tener al indio dentro de la tienda meando para afuera que tenerlo fuera meando hacia dentro».

Gallardón había sido muy jaleado por la izquierda como un ejemplo de socialdemócrata, lo cual demuestra que nuestros socialistas tienen una opinión francamente mejorable de lo suyo. A mí mismo me pareció uno de los hombres más inteligentes de la derecha española hasta que llegó a ministro y empezó a meterse en todos los charcos que pudo, sin que sepamos hasta dónde van a llegar las salpicaduras del aborto.

Catalá parecía haber llegado para poner un poco de orden en alguno de los desbarajustes dejados por su antecesor, pero enseguida ha cedido a la lógica institucional y ha expuesto una idea que ya trató de imponer Gallardón.

Pero a quién se le ocurre, vamos a ver. Una de las definiciones clásicas del periodismo es que este oficio consiste en dar a conocer algo que, por alguna razón, alguien quiere que permanezca oculto. Si alguno de los funcionarios de la Administración de Justicia filtrara alguna información que estuviera acogida al secreto de sumario decretado por un juez, investíguese en buena hora porque muy probablemente ha cometido un delito de revelación de secretos, pero eso no es algo que pueda afectar al periodista, cuya tarea consiste, precisamente, en enterarse y en contarlo. Lo que es una actividad ilícita en los juzgados es un deber en las redacciones de los medios, que sólo están constreñidos por el respeto a la verdad.

La propuesta de Catalá era un dislate, como lo demuestra el hecho de que él mismo, en menos de 24 horas, ha pasado la propuesta de las musas al teatro, vale decir al sainete, o quizá a la astracanada, desdiciéndose después. Eso sin contar con que su propio partido lo ha desautorizado radicalmente el mismo día. Quizá Catalá se ha sentido influido por el reparto de culpas que establecía con ecuanimidad una de las grandes plumas del Siglo de Oro, sor Juana Inés de la Cruz, respecto al oficio de las putas: «¿O cuál es más de culpar,/ aunque cualquiera mal haga:/ la que peca por la paga/ o el que paga por pecar?».

No sé yo si es muy esperanzador que Floriano tenga que recordarle ¡al ministro de Justicia! que la libertad de expresión «es sagrada» y una convicción arraigada en el PP. Catalá, ha dicho, era un pourparler que no tenía intención, en fin, tal vez creyó que estábamos aburridos y quiso entretenernos un poco.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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