Quiroga y el tiempo

El pasado 7 de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, la presidenta Quiroga se desdijo y retiró la moción que a favor de la libertad y la convivencia había presentado para su discusión en el Parlamento vasco. Entre las 12:43 y y las 13:03 publicó 10 trinos en Twitter en los que anunciaba su desistimiento, reconocía que no era el momento para su iniciativa y cargaba a Bildu la culpa de su arrepentimiento por haber presentado su moción como una victoria. A continuación decretó un apagón informativo que aún dura y que incluyó a su jefe de prensa.

Su sexto tuit, a las 12:49, decía: «Tenemos que ser firmes y claros. La buena voluntad del PP vasco se ve retorcida como una victoria de Bildu. Injusto». Dos horas y seis minutos más tarde, le respondía el chico de Otegi, Hodei, con estas palabras: «Veis? Esta es una razón más para la independencia. Si fuésemos independientes no tendríais que rendir cuentas a Madrid».

Sostenía mi j.a.s.p. Bustos que una biografía como la de Arantza no muta así como así hacia el colaboracionismo con los victimarios, y tiene razón. También, en que esa acusación, de su partido, de este mismo periódico, serían injustas. Lo que ocurre es que injusto es un calificativo inadecuado en justas como estas.

Efectivamente, Quiroga ha equivocado los tiempos y las formas y no sólo por la proximidad de las elecciones generales. La rana se equivoca al ayudar al alacrán a vadear el río.

Lo suyo no es perversidad, sino un error. «¡Peor que un crimen!» solía decir Garaikoetxea, a quien le encantaba citar a Talleyrand, que era un cabrón agudo y con pintas, como un guepardo, quizá prefigurando una evolución que le iba a llevar a ser socio de los que simpatizaban adrede con el crimen.

Equivocar los tiempos es un error grave. En política es muy deseable la oportunidad y aunque Arantza Quiroga no es en absoluto una política pervertida, sí es una mujer equivocada. Las columnas que han dedicado al tema Bustos y mi primo Enric serían atendibles valorando como se debe el factor tiempo.

Es cierto que Adenauer acogió a muchos nazis en el Gobierno alemán de la posguerra, como dice González. Pero él fue nombrado canciller en 1949 y habían pasado algunas cosas hasta entonces: la rendición incondicional del ejército nazi en un acto en el que el general Eisenhower humilló al general Jodl, negándose a saludarlo (8 de mayo de 1945). Entre octubre de 1945 y octubre de 1946 se celebró el proceso de Nüremberg, en el que se condenó a los principales jerarcas nazis, a muerte la mayor parte.

En 1946 se inició el proceso de desnazificación para depurar la sociedad, la cultura, la prensa y la justicia en Alemania y Austria de las influencias nazis. Cualquier analogía suena a despropósito y no sólo cuantitativo.

Tiene que pasar el tiempo. Cuando ETA se haya disuelto, haya entregado sus armas, haya colaborado con la Justicia para esclarecer los 326 crímenes impunes, cuando se le hayan quitado las garras y los colmillos a la fiera, quién sabe.

Hasta entonces, la convivencia estaría regida por la fábula que contaba Woody Allen en Sin plumas: «El león y la gacela yacerán juntos. Pero el sueño de la gacela no será muy profundo esa noche».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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