¿Solución provisional?

En medio de la desolación que vive el PP, cabe apuntar un dato positivo: la rapidez con que los populares vascos han cerrado la crisis de la última semana. A las 24 horas de la rueda de prensa en la que Arantza Quiroga presentaba su dimisión y anunciaba su retirada de la política, el partido ha cubierto el hueco a una velocidad considerable con el mayor nivel de representación del que disponía: Alfonso Alonso.

Es difícil no ver en la pugna entre Alonso y Quiroga el enfrentamiento vicario entre Moncloa y Génova, o la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores de Cospedal. Los seis días que Quiroga se tomó para resolver su futuro político fueron otro error, aunque al decir de la ex presidenta no fuera suyo, que tenía decidido su abandono desde la retirada de la moción, pero atendió la petición de la secretaria general de tomarse unos días para meditar.

Los populares vascos han llegado a la conclusión de que no podían perder otra semana, o han aprovechado mejor que Quiroga sus seis días de retiro intelectual. Formalmente resuelta la crisis, sorprende que la solución más pertinente haya sido sustituirla por un hombre a quien casi todo el mundo daba por entregado a la política nacional, donde había hecho una estimable carrera: fue un buen portavoz de su partido en el Congreso y ha devuelto el sosiego al Ministerio de Sanidad después de la gestión, ustedes perdonarán la hipérbole, de Ana Mato.

En la hipótesis más favorable cabe preguntarse si se pueden atender a la vez un Ministerio y la Presidencia de un partido en crisis como el PP vasco o estamos ante una solución provisional que tiene su límite temporal en las elecciones generales del 20 de diciembre, y que en su fuero interno el propio Alonso contempla el partido como un plan B por si no hay Ministerio a partir de Navidades.

¿Cómo se pueden querer esas dos funciones a la vez y no estar loco? cantaría aproximadamente Antonio Machín.

La moción Quiroga va a seguir dando algo de lata a los populares vascos, aunque no parece que entre ellos tuviera muchos más partidarios que la presidenta y sus más íntimos. Ahora tiene más: no sólo la presidenta dimitida ha sacado energías renovadas y una recrecida determinación de su fracaso: volvería a presentarla una y 1.000 veces. Los nacionalistas han descubierto en ella virtudes que nunca le sospecharon. Sólo ha servido para que la alabe el batasuno mayor, el mismo Hasier Arraiz que llamó «fascista» en la cámara a Borja Sémper, el compañero de Quiroga.

Ha explicado el sentido último de su intentona: pasar de ser un partido de resistencia a un partido de influencia. La influencia no es una posición en el espacio, sino el ejercicio de una capacidad. El PP vasco pudo ser un partido de influencia tras las elecciones de marzo de 2009. Los 13 escaños que ayudaron al PSE a alcanzar la mayoría absoluta eran determinantes para López pero no dieron más influencia al PP que la presidencia del Parlamento vasco para Quiroga. Es decir, ninguna.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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