El mojón inmóvil

El Mundo del País Vasco.

Cuando le empiece a remitir el dolor de sus recientes contusiones, mi admirada Arantza, tal vez pueda contemplar la peripecia de su moción, tocata y fuga incluidas, para ver el asunto un poco más en su conjunto y repasar el texto y el contexto. Recordará, querida, y si no para eso estamos, que en la primera columna que dediqué a lo de su moción, le expresaba mis mejores deseos: “cuídese, no se la vayan a copiar”.

Verbigracia. Yo pensé que la iba a hacer propia Hasier Arraiz, pero ha sido ese oscuro mediador que tiene la Izquierda Abertzale a su servicio, Brian Currin, quien invitaba ayer a todos los partidos “a adoptar la propuesta presentada recientemente por el PP… a pesar de su posterior retirada”. Chocante la reivindicación del PNV al contestar al abogado sudafricano que su ponencia de Paz y Convivencia “es un instrumento tan válido” como la de Quiroga.

No debe envanecerse, querida, con esta pírrica victoria en la que ha conseguido adelantar al PNV en nacionalismo. Verá, el jueves, en la tertulia de Radio Euskadi, intervenía el ex diputado general Martin Garitano. Era redactor jefe de Egin aquel 1 de julio de 1997 en que la Guardia Civil rescató al funcionario de prisiones Ortega Lara de su secuestro en un miserable zulo de Mondragón. Se le atribuye a él el titular con que dio la noticia Egin al día siguiente: “Ortega vuelve a la cárcel”. El jueves por la noche ponderaba su discurso de despedida como “la mejor intervención pública de Arantza Quiroga”, para añadir que “ese mojón está puesto” y repetirlo cuatro veces más.

Uno de nuestros rasgos diferenciales son los hábitos negociadores. En otras partes se van produciendo acercamientos, pero cuando se rompe la negociación se da todo lo hablado por no dicho y las partes vuelven a sus primeras posiciones. Aquí no. Cada cesión que se hace al nacionalismo es terreno conquistado para siempre. A Txiki Benegas le persiguió hasta su muerte la reclamación de la autodeterminación porque un día encabezó una manifestación que la llevaba en la pancarta. Txiki siempre dijo que aquello había sido una encerrona con cambiazo.

No me sorprendería, dulce Arantza, que cualquier año de estos, ahora que ya se ha retirado, le concedan uno de los galardones de la Fundación Sabino Arana, quizá el premio ‘Amigo de los vascos’, para insertar en el propio reconocimiento una sutil discriminación, una declaración de extranjería.

Era usted una niña cuando entonces, pero los días 9 y 10 de diciembre de 1980, el entonces presidente Suárez hizo una visita oficial a Euskadi. Todas las instituciones le cerraron la puerta en las narices, mientras las organizaciones municipales del PNV inundaron La Moncloa de telegramas en los que decían: “Suárez, no vengas sin conciertos” o “Suárez, trae lo nuestro”. EGI, los jóvenes cachorros del partido-guía, empapelaron Bilbao con carteles del presidente del Gobierno español meando contra el árbol de Guernica.

Como es sabido, Suárez abandonó La Moncloa el mes siguiente, sin que conste ninguna concesión adicional a la autonomía vasca. Sin embargo, en 1982, el PNV lo distinguía como el mejor amigo de los vascos con uno de los premios de la revista ‘Euzkadi’, precursores de los actuales premios de la Fundación Sabino Arana. El mojón siempre está donde ellos quieren, querida.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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