‘Cataluña Unplugged’

El sábado viajé a Barcelona con Manuel Montero para dar una charla sobre nacionalismo y lenguaje a la que nos había invitado la Asociación por la Tolerancia. Por la mañana dimos un largo paseo capitalino y ante el espectáculo de una ciudad fantástica, hervidero de turistas y de autóctonos que se disponían a oficiar el rito burgués del aperitivo a mediodía, pensamos en que estábamos a un día de la desconexión y no tuve más remedio que recordar aquella sentencia de Talleyrand que Bertolucci subió al título de una de sus buenas películas: «Sólo el que ha vivido antes de la Revolución sabe lo que es la alegría de vivir».

Hoy, 9 de noviembre, el programa prevé la desconexión. Un 9 de noviembre tuvo lugar el putsch de la cervecería de Múnich; más tarde, en la misma fecha fue la noche de los cristales rotos. Un 9 de noviembre cayó el muro de Berlín y en la misma fecha, 26 años después, se van a poner estos desaprensivos a levantar el de Cataluña. La desconexión pararía la noria, el chorrito de la fuente, el río donde se afanan las lavanderas, el fuego en el que se calientan los pastores. Cataluña Unplugged está llamada a ser un belén cuyas figuras serían todas caganers.

El sábado, a falta de 48 horas, nada hacía predecir en la calle el golpe que van a dar esta mañana. El taxista que me recogió en el aeropuerto hablaba del tiempo. A mí no se me ocurrió preguntarle por el tema en estricta observancia de Paul Johnson: «Nunca se te ocurra utilizar a un taxista como fuente». Los periódicos de Barcelona decían en portada que el Gobierno «señala» a Forcadell. Ara, con más intención titulaba: «apunta».

A esas horas, la gran Núria de Gispert estaba reunida con otros fugitivos de Unió para fundar un partido masista, pero eso no parecía importarle a las buenas gentes que hacían el vermú en las terrazas que se va a cargar Colau. La única ruptura hasta la fecha es la coalición de la modesta comisión. Ahora van a pulverizar el partido. La desconexión es también una cuestión interna. Eran los catalanes los que desconectaban de la cuestión y pasaban del asunto.

Un camarero de la cantina de la estación de Córdoba, mientras el telediario daba cuenta de un atentado etarra, miró a mi querido Luciano Rincón, su único parroquiano y le explicó su condición de unplugged: «Es que esto de lo vasco es mú cansao y mú seguío».

Al llegar a la Plaza de Sant Jaume, Manu y yo, todavía plugged recordamos el 6 de octubre del general Batet. Companys le exigió que se pusiera a sus órdenes con sus efectivos. El militar le reclamó una orden por escrito, y el interlocutor se la envió. Luego le pidió un par de horas para pensárselo, plazo que también obtuvo, y que el general aprovechó para llevar dos cañones a la plaza, apuntar con uno al Ayuntamiento y con otro al palacio del Gobierno y decir que nones. Batet es uno de mis dos héroes republicanos. El otro (otra) es Clara Campoamor. Mas ha aprendido de esta anécdota que las órdenes para perpetrar actos delictivos, como abrir los colegios para referendos ilegales nunca deben darse por escrito.

Empezamos a calcular en qué lugar habría emplazado exactamente aquel buen hombre los cañones y sumidos en tan beatífica cavilación fuimos sorprendidos por una muchedumbre que empezó a gritar a la puerta del Ayuntamiento. «Mira, la desconexión, que se ha adelantado», dijo Manu. Pero sólo era una boda.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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