¿Por qué los ciclistas?

El fascinante conductor del programa La Sexta Noche hablaba con Ferreras, enviado especial a los atentados en París. «Es un barrio popular», dijo el presentador, «un barrio también frecuentado por turistas. El ataque fue indiscriminado. En esta ocasión no eran ciudadanos judíos, no eran dibujantes. Era cualquier francés, persona, cualquier ser humano…» Al periodista le faltaba el why. Conversación apócrifa entre un nazi y un alemán corriente en 1940: «Hay que matar a los ciclistas y a los judíos», dice el primero. «¿Por qué a los ciclistas?», responde el otro.

Ferreras también estuvo cumbre, sobre todo con los calificativos. Pequeño hotel, pequeño folio, pequeñas flores, pequeñas velas, que mostraba en la mano, dos minilámparas votivas de cera en su cubilete de metal: «Esta es su arma. No van a aceptar el miedo, no van a aceptar el pánico. Esta es el arma de combate de los parisinos: una pequeña vela».

Bueno, la pequeña vela y el gran portaaviones Charles de Gaulle, que zarpará pasado mañana hacia Siria para bombardear al Estado Islámico. Las pequeñas velas y las pequeñas flores y los pequeños dibujos están bien para expresar las condolencias particulares, yo mismo colgué ayer un pequeño ramo de pequeños claveles en la puerta del Consulado francés de Bilbao, pero eso nada tiene que ver con la respuesta proporcional del Estado, a la que el atroz candidato de Podemos llama «venganza»: «hoy no toca hablar de venganza. Toca reivindicar la fortaleza de nuestros valores, que se fundamentan en la libertad, la democracia y en el respeto de los derechos humanos».

No toca reivindicar nada. La superioridad de nuestros valores frente a la barbarie es evidente. Toca defenderlos, aunque Pablo Iglesias crea que la defensa eficaz es el pésame que dio a la viuda del primer español asesinado en el Bataclan.

Flores y poemas y dibujos hubo a manta en Atocha aquel 11-M, pero hubo sobre todo media España que se echó a la calle para buscarle la yugular a la otra media y culpar al Gobierno de los asesinatos. Eso sigue más o menos igual.

Lo distintivo de nuestros vecinos fue que miles de franceses cantaban La Marsellesa al abandonar el Estadio de Francia, uno de los escenarios de los atentados del viernes, en parte para conjurar el miedo, en parte para expresar su rabia o quizá para formular su determinación: «Contra nosotros, alza la tiranía/ su pendón sangriento./ ¡Vienen a degollar/ a vuestros hijos y vuestras mujeres! Allons enfants de la Patrie, marchons, marchons, formez vos bataillons, etc…» Es otro nivel.

Estamos a un minuto de que nuestra izquierda acuñe el sintagma «fábrica de yihadistas» para quien cante La Marsellesa en legítima defensa. Hay una cantidad considerable de españoles que creen que el objetivo primero de la Yihad es que nos bajemos de nuestra superioridad moral para sentirse a nuestra altura y codearse.

El yihadismo toma nota. Lo suyo es la guerra santa y la practican de oficio. Los resultados en Madrid tres días antes de unas legislativas fueron fantásticos como se ha descrito ut supra.

Es probable que tomaran en su día buena nota. Estamos a 19 días del comienzo de otra campaña electoral y no hemos aprendido nada.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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