Irse a casa

La CUP, 8,2% de los votos, 10 escaños, se pronunció una vez más el domingo contra la investidura de Artur Mas. Los convergentes han protestado a varias voces por lo que consideran una anomalía democrática: que una fuerza con 10 escaños se oponga a otra que suma 62. Sin duda lo es, pero ha sido esa coalición surrealista, Juntos y Revueltos por el Sí o Por el Mañana Dios Dirá, la que ha cerrado un compromiso imposible de cumplir por la independencia y les ha entregado la llave a los antisistema de la CUP.

Perspectivas: la propuesta mayoritaria entre los camaradas de la CUP sigue siendo hasta el momento que devuelvan a Mas a los corrales y les suelten otro toro, con perdón. No es la última palabra, han dicho, quizá para animar a sus socios a esforzarse en las ofertas. Ya habían aceptado Mas y los suyos la presidencia asamblearia, someterse a confianza al cabo de diez meses y convocar elecciones en 18. Esto último no hacía falta: el increíble hombre menguante no se apaña con legislaturas más largas.

Analistas razonables sostienen que la CUP acabará prestándole los dos votos que necesita para investirse y ahorrarse el trance de unas nuevas elecciones. Si cada partido concurriera por su cuenta, Convergència perdería 25-26 escaños y ERC ganaría 11-13 respecto a las de 2012. Todo hace suponer que Junqueras exprimiría a los convergentes para situar a los suyos en puestos privilegiados en las listas de JpS. Es razonable que traten de sostener a Mas. No porque sirva para nada práctico, pero en el aspecto simbólico contribuye a dar al invento un aire conservador. Cambiarlo por Romeva, ese señor que sentía ruidos de motores en el interior de su cabeza, arruinaría la transversalidad independentista. Cambiarlo por alguno de los jueces prevaricadores de Convergència tampoco es plan. Mas ni siquiera está imputado aún en ninguna trapacería de los Pujólidos.

La CUP ha insistido demasiadas veces en su boicot a Mas para cambiar sin sufrir un descrédito notable ante los suyos. Mas ha sido desacreditado demasiado como para que JpS siga sosteniéndolo. «Imposible lo habéis dejado para vos y para mí», le dirían a Antonio Baños, como don Luis Mejías al Tenorio. ¿Cuántas humillaciones más está dispuesto a soportar este pobre para ser elegido presidente de la Generalidad? Hay un momento en que todo hombre puede optar. En el otro gran momento de peligro que vivió la democracia española, hubo tres hombres que optaron. Fueron el presidente del Gobierno Adolfo Suárez González, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado y el secretario general del PCE Santiago Carrillo Solares. No se tumbaron como les exigían los golpistas.

Artur Mas no está hecho de su pasta, pero debería hacer un gesto, menos heroico, más cotidiano: irse a casa. Un bel morir tutta la vita onora, escribió Petrarca, aunque tal vez el italiano no sea la lengua en la que se deba expresar esta españolada, un esperpento al que vendría mejor el mutis definitivo de Don Mendo en su venganza: «Ved cómo muere un león/ cansado de hacer el oso».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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