Epistemología de Forrest Gump

¿Quién gana los debates? Hay columnas que deben empezar con rudimentos metodológicos, para que cualquier candidato a presidente pueda entenderlas. Un suponer, Pedro Sánchez. Ayer, en la segunda parte del debate, se cargó el espectáculo con una sola frase: «Para ser presidente del Gobierno hay que ser una persona decente y usted no lo es».

Uno habría entendido que Sánchez dijera: «Usted ha cobrado en dinero negro parte de sus haberes», siempre que fuera capaz de demostrarlo. El presidente afirmó que declaró a Hacienda todos sus ingresos. Su adversario debería entonces probar que no, o alternativamente, envainársela. Pero la afirmación de Sánchez fue más grave, porque no imputó a su adversario un hecho deshonroso, por grave que fuera. Lo atacó en su ser y lo hizo varias veces. Seguía repitiéndolo después del debate: indecente, indecente, indecente.

Pedro debió de formarse en la escuela epistemológica de Forrest Gump: «Tonto es el que hace tonterías». No forzosamente. Sánchez dijo ayer (y en el último año y medio) algunas tonterías que señalaré aquí, pero eso, un hecho, no me da pie a llamarle «tonto» en la columna. Era una tontería de tamaño regular la acusación de que Rajoy había impedido a las mujeres el derecho a ser o no ser (madres). Tener de presidente a un doctor Mengele, que contra la voluntad de sus víctimas ha ligado las trompas a millones de españolas fértiles, es una hipótesis turbadora. Y cuando Rajoy le pidió precisiones, repitió cuantas veces le preguntó: «Ya lo sabe usted, señor Rajoy».

Era la manía de las frases redondas y la interpretación de los estados de ánimo, así como la exageración del método inductivo: la carta de una señora de Valladolid nos explica el problema de la dependencia. Él ya había dejado rastros de su talento con la eliminación del Ministerio de Defensa (no es extraño que el general José Julio se les haya pasado a Podemos. Es normal que un hombre a su edad tenga que pensar en su futuro). Tampoco estuvo mal su propuesta de funerales de Estado para las víctimas de la violencia de género, o la reivindicación para el PSOE de Felipe González de la Ley del Divorcio (Ley 30/1981 de 7 de julio), aprobada en el Gobierno de Calvo-Sotelo. O la reivindicación de Soria como ciudad natal de Antonio Machado. Ya saben: mi infancia son recuerdos de un patio de Numancia, etc. ¿O era la infancia de Pablo Iglesias? La puta obsesión, que en el debate le llevó a copiar algunos de sus truquis tertulianos: «No se ponga nervioso, señor Rajoy». En este punto, Rajoy habría hecho mejor en sumarse a la corriente: «No me interrumpa, señor Sánchez. Yo no le he interrumpido a usted».

Sánchez embarró el terreno de juego, no hizo propuestas e impidió que Rajoy explicara las suyas. El sectarismo partidario considera a veces que eso es ganar un debate, pero no es seguro que al público le gusten sus candidatos montando bronca tabernaria. Habrá que ver si en Ferraz lo aplauden el domingo por la noche en el caso de rebajar el suelo de Rbcb, tal como pronostican todas las encuestas.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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