La Ofensa

EL MUNDO 18/12/15

La campaña se había roto con el «indecente» de Sánchez a Rajoy, porque el insulto es una frontera dialéctica que transforma al adversario en enemigo. Es atacarle en su ser, no combatir sus ideas. Uno cree que el ataque físico al candidato Rajoy por un descerebrado no tendrá resultados electorales y le parecería bueno que así fuera; la democracia española tiene que ser algo capaz de resistir el puñetazo de un pobre imbécil.

Sin embargo, uno no puede estar de acuerdo con la exhortación del presidente a «no sacar conclusiones políticas de su agresión». Las tiene. El ataque físico al presidente del Gobierno es un hecho político. No tendría uno nada que oponer a que Rajoy, si es creyente, perdone al tarado que lo agredió. Ya lo hizo el Papa Wojtyla, en 1983, cuando visitó en la cárcel de Rebibbia a Alí Agca, el turco que lo tiroteó dos años antes. Su agresor le pidió perdón y el Papa se lo dio, pero no movió un dedo para que le rebajaran la condena ni siquiera un mes.

Rajoy y el joven Andrés. Irene Villa y el concejal Zapata. No importa que los ofendidos estén dispuestos a perdonar, siempre que eso no tenga consecuencias prácticas, porque se ha ofendido a la democracia en su conjunto. La reacción de Rajoy ha sido bien recibida por un sector que lo ha elogiado por primera vez que uno recuerde. No importa que Snchz no pretendiera ungir a un hincha del Pontevedra como ángel exterminador. Se da por supuesto. El problema es que su insulto deshumanizó a Rajoy y creó condiciones para la agresión. El insulto siempre va antes. Y después vino el aplauso, un suponer el de la concejal socialista de Soutomaior, Verónica Montero: ¿Quería irse de rositas? Venga ya. Pdro no le ha exigido el acta. Los calceteros menos sutiles, Sopenas y Marañas, por si el PP hace victimismo. Las tricoteuses francesas, más discretas, hacían jerséis para los niños, mientras miraban las carretas. Los españoles gritarían a Luis XVI: «¡No pongas caritas, mamón!».

Hubo un tertuliano solidario con los padres del animalito. Se comprende. Haberlo engendrado tiene que ser un trago, pero pervertía el protocolo de las condolencias: primero con la víctima; después con sus familiares: esposa, hijos, etc.

No estaba mal el insulto, pero la fe sin obras es una fe muerta. Pablo Iglesias se permitía vacilar al personal con un elogio discreto del insulto: «Colau llamó ‘criminales’ a PP y PSOE en tono dulce». Es la ternura. Antes, heredero de la sangre a que responde, confesaba su adicción a la violencia, «emocionado» por la somanta que un grupo de manifestantes propinó a un policía caído. «El enemigo sólo entiende un lenguaje, el de la fuerza», o «frente a la violencia del Gobierno, uso de la fuerza de los ciudadanos». Su simpatía por Alfon, un terrorista que iba a la manifestación con la mochila llena de explosivos. Hace exactamente 31 días justificaba a su cabeza de lista por Jaén, condenado a tres años y medio por apalear salvajemente a un concejal socialista en Jódar. Pablo no cree que esté mal tundir a un indecente. Eso sí, con dulzura.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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