Día de Reyes

En la cabalgata de Reyes de Bilbao, los Reyes desfilan en carretas tuneadas y tiradas por bueyes. La prensa local las llama carrozas, sin tener en cuenta el detalle básico: lo que caracteriza a la carreta es la tracción bovina, mientras que una carroza va siempre tirada por caballos. A los Reyes les planta competencia el Olentzero, un carbonero borrachín que trae juguetes a los niños por Nochebuena. En las últimas ediciones iba acompañado por Mari Domingi (Mari Tetas), un nombre de etimología dudosamente euskaldun, quizá porque a Sabino, el gran reformador de la lengua, no le parecía decente que las vascas tuvieran de eso y sus epígonos se vieron forzados a recurrir al argot castellano.

Los niños vascos son eclécticos como los demás y se dejan regalar por cualquiera, pero entre la acogida del Olentzero y de los Reyes no hay color. Un carbonero frente a Reyes y por añadidura magos. Es como el discurso del Rey en Nochebuena y el del lehendakari en Nochevieja. Ganó el primero por goleada: 4,28 a 1.

En Madrid, la tradición de la cabalgata se ha estrellado contra el republicanismo, el animalismo, el feminismo y todos los ismos que, juntos y revueltos en la cabeza de la alcaldesa y los suyos, les hacen las veces de ideología. Las cabalgatas han prescindido del acompañamiento animal que era característico en algunas de ellas. Las ocas de Miguelín, los camellos y los caballos de los Reyes se han caído de la representación como el burro y el buey del portal de Belén. Fuera también las ovejas. ¿Y qué harán los pastores sin ovejas? Serán pastores de almas, como ella misma y sus concejales.

También hubo transposición de género: reinas magas en lugar de reyes, a la espera de que en alguna edición próxima haya una niña Jesusa, adoptada por una pareja no convencional: dos Josés o dos Marías. Un orgullo gay en cada solsticio. En algunos distritos eran mujeres vestidas de reyes, con su barba postiza, como la madre de Brian para colarse en las lapidaciones. La alcaldesa justificaba el disfraz con argumento cursi: porque «tiene eso tan bello de intentar jugar», prueba evidente de que Carmena no distingue el disfraz de la representación, ni la Adoración de los Reyes de los carnavales.

La izquierda es en sí misma una religión alternativa, de ahí que no sepa distinguir y que ni siquiera sepa que el carnaval, lejos de ser tradición laica es profundamente cristiana: un que me quiten lo bailado, antes de sumergirse en la Cuaresma.

Soporté una cola enorme para comprar un roscón de Reyes en La Suiza, había cola en mi librería habitual, colas en las marisquerías y en las tiendas de delicatessen. Bilbao era una yuxtaposición de colas la víspera de Reyes. Admiré el desaforado afán de consumo de un pueblo que vota tanto a Podemos en el mismísimo umbral de la pobreza. Luego reparé en que ese era precisamente el signo de que había comenzado la Revolución. En todo proceso revolucionario, lo que más le gusta al pueblo es hacer colas aunque dentro de las tiendas no haya género. «Sólo el que ha vivido antes de la Revolución sabe lo que es la alegría de vivir», lo dijo Talleyrand.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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