El tiempo acabado de Rajoy

Mariano Rajoy sabía que Pedro Sánchez tenía la intención de escabecharlo en el Congreso y usar sus restos como alfombra para la investidura, pero no sé si se ha dado cuenta de que su tiempo político ha pasado, que el martes, al fin de la segunda ronda, seguirá teniendo una mayoría absoluta en contra, lo que no le pasa al galán de los 90 escaños. Su revancha se producirá quizá dentro de un tiempo, por comparación: cuando los viciosos de las hemerotecas echen de menos dos noticias que a finales de enero de 2016 apenas tuvieron repercusión: una EPA extraordinariamente favorable y un crecimiento del PIB español, 3,2%, superior al de las economías punteras de la Unión Europea.

El candidato popular asumió su falta de apoyos para ser investido, lo que le llevó a declinar la invitación de Felipe VI: tenía una mayoría absoluta en contra. Esperaba, y ese fue su error, que el Comité Federal del sábado pusiera firme a su adversario, obligándole a renunciar a los apoyos que desea para investirse: los secesionistas y el populismo con el que el candidato Sánchez había prometido no pactar «ni antes, ni durante, ni después»: «Los ciudadanos que están viendo con simpatía al populismo deben saber cuál es el final del camino que proponen, la Venezuela que algunos de sus dirigentes han asesorado durante años. Yo quiero que España sea un país avanzado de Europa, otros lo que quieren es llevarlo por la deriva de la Venezuela chavista y eso son las cartillas de racionamiento, la falta de democracia, una mayor desigualdad y pobreza».

La propuesta de Rajoy al ofrecer a Sánchez el apoyo del PP en las alcaldías y las comunidades que mantiene con los votos de Podemos era inane por dos razones: a los socialistas les gusta más Podemos y está el factor objetivo, digamos Taula. Imaginen a Ximo Puig rompiendo con Compromís para negociar el apoyo de Rita Barberá.

Quizá pensaba el candidato Rajoy que la auctoritas de Felipe y los barones llevarían al Comité Federal a imponer a Sánchez su abstención. Revela desconocer a sus adversarios socialistas. Todos ellos lo quieren muerto, políticamente hablando. La diferencia es, quizá, que los barones prefieren que parezca un accidente y Pedro Sánchez necesita reivindicarlo como crimen para compensar su falta de liderazgo.

Pedro aplica a sus barones el mismo tratamiento que Pablo le aplica a él. Habló con todos ellos y a todos les ocultó la gran sorpresa que les tenía preparada para el Comité Federal: pedir el pronunciamiento de las bases. El PSOE no es un partido asambleario, como la CUP, le afeaba ayer el diario amigo en el editorial más duro que le haya dedicado nunca. El referéndum, esa martingala napoleónica que el populismo considera la quintaesencia de la democracia, no está contemplado en los Estatutos del PSOE para que la puta base defina la política de alianzas, competencia del Comité Federal. Supone, además, que Pedro no conoce a su partido, ni a sus barones, si cree que puede hacerles semejante jugarreta y esperar que lo olviden.

Pedro es puro instinto de supervivencia, sólo quiere conservar el cargo al que debió renunciar la noche de las elecciones. La Moncloa es un escudo institucional para no perder el mando en Ferraz. El bien general al servicio de su interés personal al frente de un PSOE, para el que resultará letal. La paradoja de los socialistas es que todos aceptarían como presidente del Gobierno a quien muchos de ellos no querrían en mayo para secretario general; su condición de militantes debe de parecerles más meritoria que la de ciudadanos.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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