Un Partido Publicano

Rajoy se equivocó al soslayar el encargo del Rey en la primera ronda y no postularse en la segunda. Su investidura iba a ser un calvario, ciertamente; Sánchez había descubierto en la campaña un argumento que le parecía definitivo contra su enemigo, aunque en realidad retratara su propia inanidad personal y su falta de categoría política: «Usted no es decente, señor Rajoy».

Pero Rajoy hizo mal en no asumir el reto, aunque fuera para perder. Felipe González planteó contra Suárez en mayo de 1980 una moción de censura que sabía perdida. Todos los barones de UCD se emplearon contra él con éxito, pero logró convencer a la opinión pública de que aquel candidato derrotado tenía hechuras presidenciales. Debo confesar que la menos mala de las posibilidades me parece la que defiende el PP: un Gobierno PP-PSOE-Ciudadanos. El proponente debería estar seguro de sus argumentos para defender ese Gobierno en su investidura. Podría perder la votación pero deslegitimar ante parte de los votantes socialistas la pretensión de Sánchez de gobernar con «la voluntad bolchevique» de Iglesias (©el niño de la beca).

Pero hoy, el consenso básico en España es que Mariano Rajoy (y el PP) no están legitimados para gobernar. Lo que une al bolchevique y al menchevique, «más importante que lo que nos separa», dice Pedro Mártov con esa capacidad para encadenar latiguillos y tópicos coloquiales, es el anexo del pacto del Tinell que ha elegido como programa de Gobierno.

Una vez aceptado esto hay que pasar a la segunda fase. Tampoco están legitimados para ejercer la oposición. En esta continuación de la Guerra Civil por otros medios que es la democracia española hoy, al PP le pasa como a Woody Allen en la guerra en general: sólo sirve para prisionero.

El joven Sánchez, que está entre Yuli Martov y la poupée de Polnareff(17 veces no) tiene un pensamiento que le lleva inevitablemente a la aporía. No negociará con el PP, solo hablará con Rajoy a efectos de notificación, como con Bildu o ERC, comparación miserable en sus propios términos. Lástima que no fuera el sábado al aniversario del asesinato de Fernando Múgica y ayer al de Joseba Pagaza, para expresar esas equidistancias ante los familiares de dos víctimas socialistas, contándoles el precio que le pusieron el sábado los peneuvistas a su apoyo: la excarcelación de los asesinos etarras para empezar.

Él se sentará con el PP, pero no para escucharle, sino «por respeto a sus siete millones de votos». No hombre, los votantes de ese cenagal no pueden merecer su respeto. A ver si me explico, Pdro, a mí no me puede merecer respeto intelectual y/o moral quien se muestre partidario de usted, después de seguirle y oírle y leerle durante los últimos meses. Mal comparao.

Sin embargo, quienes excluyen al PP de la mesa de la negociación, le invitan a colaborar con su silencio y su abstención, a que muestre su altura de miras renunciando a su papel de oposición, el único que le habían dejado. Ciudadanos, que se dejaría apoyar sin asco en una coalición de Gobierno con Sánchez, había advertido prudentemente que no se puede gobernar sin el apoyo del PP. Y con razón, por eso hay que exigirle un paso más en su altruismo: que renuncie a sus posiciones y se abstenga para permitir la reforma federal de la Constitución de quien sí tiene la legitimidad del mando. Y les apoye los presupuestos cada año, etc. El Partido Publicano no puede tener otra aspiración en una sociedad farisea que barrer el suelo del templo con sus cuernos y, como el sándalo, perfumar el hacha que le hiere.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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