El diálogo como objetivo

Alguien debería explicarle al joven Sánchez que no es el presidente del Gobierno y que no lo va a ser, al menos de momento. Es verdad que estuvo hábil al aprovechar el rechazo de Rajoy para postularse él en su lugar, aunque le faltara para la investidura lo mismo que a Rajoy: una mayoría absoluta en la primera convocatoria o una suficiente en la segunda. Alguien debería explicarle también que la suya es la única investidura fracasada en 39 años de democracia en España. Alguien, aunque sea Luena, debería alertarle del peligro que tienen iniciativas como la que desarrolló ayer al visitar a domicilio al presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont.

No parece que ayer comprometiera el pundonoroso candidato colaboración en el referéndum que es para su interlocutor un deseo irrenunciable. Tampoco le pidió explícitamente la abstención para una hipotética investidura posterior, como si la esencia de la democracia fuera presentar a Sánchez hasta que salga.

El portavoz Girauta ha matizado el mosqueo de C’s con el PSOE con una excelente metonimia: «No vamos a romper el pacto por un viaje a Barcelona». Ni vamos a criticar a Carod-Rovira por que se fuera a comer una paella a Perpiñán. Naturalmente. Hacer viajes a Barcelona es una experiencia muy recomendable para cualquier español, sin excluir al secretario general del PSOE. Otra cosa es el diálogo con tipos que niegan la soberanía del pueblo español sobre una parte de España, que consideran que la democracia es compatible con la ignorancia de la Ley y con la desobediencia a los tribunales. Albert debería haber insistido en acompañar a Pedro como garantía de que la conversación no traspasaba la frontera de la legalidad.

«Lo vamos a intentar todo siempre que esté dentro de la legalidad», dijo ayer el joven Sánchez. El problema es que Pedro Sánchez se explica como si la violación de la Ley fuera un riesgo futuro y no una certidumbre del pasado en Carles Puigdemont y su antecesor, Artur Mas. Sánchez cree que entre Cataluña y España hay un problema creado por Mariano Rajoy, que es el culpable de la falta de comunicación y diálogo. ¿Y el Rey? Felipe VI se negó a recibir a la presidenta del Parlamento de Cataluña para comunicarle la investidura de Puigdemont. ¿Cree Pedro que el Rey de España no es un hombre partidario del diálogo y que es su función enmendarle la plana? En este parvulario en que se ha convertido la política española, los medios puramente instrumentales (el diálogo para llegar a acuerdos) se han convertido en objetivos, comiéndose por el camino lo que sí debería ser la primera obligación de todo gobernante: guardar y hacer guardar la Ley.

El hombre al que ayer visitó el aspirante Sánchez está violando la Constitución mediante el desarrollo de las tres leyes de la desconexión. Todo empezó en noviembre de 2003 cuando un aspirante como Sánchez dijo: «Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña». Y el pobre Pedro, que le prometió ¡otro Estatuto! al gran Rufián, cree que lo que falta es diálogo.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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