Esa pareja feliz

El Mundo, 1-4-16

La nota más característica de la nueva política viene a ser primar las apariencias sobre los hechos. El paseo que se dieron Pedro y Pablo en plan just for your eyes frente a las cámaras es una de esas escenas que suscitan alipori. Ellos caminaban con las manos en los bolsillos, muy casual, sonriéndose como si tuvieran algo en común.

A esas horas sí lo tenían. La Policía llevaba a la cárcel de Jaén al podemita Andrés Bódalo con el fin de que comenzara a cumplir la condena de tres años y medio, irremediablemente solo con sus lágrimas. Los dos hombres que se sonreían eran el jefe político del matón y el de una de sus víctimas, el socialista Juan Ibarra. El jefe del apaleador había pedido la víspera un indulto para él. El jefe del apaleado no dijo ni mú contra el agresor, salvo que no era Miguel Hernández. Ni San Juan de la Cruz, no se me vayan a equivocar. En todo este asunto al periodismo le ha faltado un mínimo interés por Juan Ibarra, la víctima de Bódalo, lo decía el martes pasado cargado de razón Joaquín Leguina.

Estos dos dedicaron parte de su reunión a hablar de cine, de literatura y otros etcéteras para romper el hielo. Los asuntos culturales son buenos para fomentar el buen rollito, sobre todo cuando los interlocutores no tienen posiciones muy rígidas. Pedro pudo decirle a Pablo lo bonita que es Soria, la ciudad natal de Antonio Machado. Pablo pudo replicarle con la metáfora de la manzana que vio caer Newton del árbol para que él pudiera formular su teoría de la relatividad: E=mc2.

El joven Sánchez advirtió de que su acuerdo con C’s es sagrado. Ojo, «yo soy un hombre de palabra». Por ejemplo: «Yo quiero que España sea un país avanzado en Europa. Otros lo que quieren es llevarlo por la deriva de la Venezuela chavista. Yo le he dicho que con el populismo no vamos a pactar ni antes, ni durante ni después», había dicho hace poco más de un año. Claro que después de eso había calificado a Ciudadanos como «las Nuevas Generaciones del PP».

Por eso tenía algo de admirable el candor con que mostraba su alegría la feliz pareja. Eran una versión española de la pareja que componían Walter Matthau y Jack Lemmon en las películas de Billy Wilder. Pablo es un Matthau más bajito y escurrido. Lo que el actor cargaba en los hombros a Iglesias se le carga en la espalda, aunque no tanto como a Aigor, el gran personaje de Marty Feldman en El Jovencito Frankenstein. También tiene un aire perverso a Caius Detritus, el adversario de Astérix en La Cizaña.

Al joven Sánchez le va más el papel de Jack Lemmon, siempre predispuesto a ser la víctima de Matthau, que es más listo y más tramposo. Eso sí, Pedro es más guapo. Iglesias salió de la reunión anunciando que si el problema era él, estaba dispuesto a renunciar a la vicepresidencia que se había asignado el 22 de enero durante su conversación con el Rey. Esta melonada facilitó a Sánchez la frase razonable de su rueda de prensa: «Él se propuso solo; él se excluye solo». Le ha echado coraje el hombre, aunque no tanto como para compensar sus errores y sus deficiencias.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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