Pablo se aburre

Pablo Iglesias visitó a su tocayo Motos, y le confesó fuera de cámaras que «la política de verdad es mucho más aburrida de lo que yo pensaba». Pasmoso. Lo dice un tío que se morrea en el Hemiciclo con un socio catalán y sienta en el Congreso a sus novias pasadas y presentes, que ha humillado cuanto ha querido a los socialistas, recibiendo por toda queja el reproche de una amante despechada: «Gracias por no intentarlo en absoluto, Pablo». Pablo encontraba más diver los tiempos de la Facul, cuando él y Errejón le montaron aquel pollo a Rosa Díez.

Explicó después Iglesias que el portavoz Errejón intervino para leer un manifiesto y pedir diálogo a la conferenciante. Pero lo hizo de manera rara: «No es usted bienvenida y no queremos volver a verla». Y, a continuación, se marcharon. Y ahora dice el tipo que se aburre, hay que joderse. Es natural, si bien se mira. En el Congreso, no les dejan montarle bronca a los portavoces adversarios cuando están en la tribuna. Aunque sean del PP. Claro que todo depende de las expectativas y el modelo de Iglesias tal vez sea el hastío que Drácula le expresaba en Nosferatu a su huésped, Bruno Ganz: «Mi querido Jonathan Harker, no sabe usted lo que supone para mí estar condenado a repetir durante siglos las mismas tristes, banales experiencias».

Forzosamente tuvo que divertirse Pablo al autodesignarse vicepresidente del Gobierno en su charla con el Rey, a quien le encargó la tarea de comunicarle la buena nueva al presidente Sánchez: tu Soraya va a ser Pablo Iglesias, que lo sepas.

Lo que pasa es que a los socialistas les va la marcha. Pedro ha sido humillado por Pablo en todas las ocasiones que se le han presentado, en su persona y en el tótem socialista de los últimos 40 años, Felipe González. No hace todavía 11 meses, Pablo descalificó en términos desagradables e incorrectos al candidato socialista a la alcaldía de Madrid, Antonio Miguel Carmona: «El tooonto de Carmona, del PSOE… Es subnormal». El pobre Antonio Miguel, sándalo que perfuma el hacha que le hiere, le recompensó 15 días después nombrando con sus votos alcaldesa de la capital a la candidata de Podemos.

Sánchez es una antología de fracasos. El primero, electoral, rebajando en 20 escaños el mínimo de Rubalcaba, en unas elecciones en las que su principal adversario había perdido 63. Ya escribí en 2011 que el PSOE debería haber echado temporalmente la persiana para aplicarse durante unos meses a la refundación. Luto riguroso, la familia no recibe. En lugar de eso se empecinaron en el error y degenerando, degenerando, llegaron a Pdro, que no se dio por enterado de su choque con las urnas y se propuso para presidente del Gobierno: unas elecciones y dos sesiones de investidura, tres fracasos. Lo que no pueden 130, lo podrán 199, se dijo, y se embarcó hacia su cuarto fracaso, en una esperpéntica negociación con un partido cuya financiación está manchada por el pecado original de haber recibido fondos del país más corrupto y violento de América y de una teocracia, la iraní, que la semana pasada se ha revelado como la campeona de la pena de muerte en todo el mundo en 2015.

Tiene razón Andrea Levy al pedir la retirada de Sánchez. ¿A qué espera? No lo hará por propia iniciativa y tampoco va a hacerlo su partido. Tampoco está mal lo de Ciudadanos, que aún consideran vigente un plan tantas veces derrotado. Votar. Es bueno que las estirpes condenadas a 100 años de soledad tengan otra oportunidad. Si no la aprovechan, qué le vamos a hacer, se lo habrán ganado a pulso.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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