El libro de los Jueces

El Mundo, 23-5-16

Los políticos se han convertido en los chivos expiatorios de las desgracias nacionales, un lugar común de las conversaciones banales. Ellos lavan la culpa de quienes les votan y no se repara en el hecho de que la decadencia de España es una obra colectiva, en la que con los mismos mimbres se hacen todos los cestos. Los políticos están hechos de la misma pasta que los jueces, los periodistas y los profesores universitarios (piensen un momento en la cúpula de Podemos). Son del mismo material con que se hacen los sueños, como dijeron Shakespeare y Sam Spade.

Hablemos de los jueces, cuya aportación a la política consideran algunos imprescindible para subir el nivel de la vida parlamentaria. Todo empezó con Garzón, aquel día en que Felipe le propuso ir de número dos en la lista de Madrid. El resultado ya es historia. El juez metió el caso GAL en el cajón de los sumarios dormidos, mientras él perdía la batalla contra otro juez más listo, Juan Alberto Belloch, y su ayudante, Margarita Robles. Cuando esto fue evidente incluso para Garzón, dimitió de su Secretaría de Estado, entregó el acta de diputado, volvió a la Audiencia y sacó del cajón aquel sumario.

Ahora el joven Pedro ha repetido la jugada, poniendo tras de sí a Margarita Robles, que ha solicitado la pertinente excedencia como magistrada del Supremo. El CGPJ se la ha concedido, al tiempo que aplicaba el artículo 357 de la Ley del Poder Judicial: «Cuando un magistrado del Tribunal Supremo solicitara la excedencia voluntaria y le fuere concedida, perderá la condición de tal».

Margarita Robles ha culpado del asunto al presidente Lesmes, por la ojeriza que le tiene. Puede que se la tenga, pero la Ley dice lo que dice sin ambigüedad alguna: la pérdida de su plaza está vinculada a la concesión de la excedencia, no a la obtención del escaño.

Podemos ha renunciado a su ministra de Justicia ante la posibilidad de que vaya a juicio por los delitos de prevaricación, cohecho y retardo malicioso. Yo entiendo el asunto. Para limpiar la gestión de los asuntos públicos es mejor que los regeneradores vengan corrompidos de casa. Así no tendrán que malearse en el ejercicio de su cargo.

Pudo ser candidato de Iglesias el juez Castro, cuyo momento épico es el procesamiento de la Infanta. Uno no es un gran fan de Cristina de Borbón por creer que tiene más inteligencia emocional que de la otra, pero le inspira una cierta empatía como cabrita expiatoria de todas las fobias españolas. Castro la sentó en el banquillo el día en que su hermano, el Rey, iba a dirigir su primer discurso de Navidad a los españoles.

Ahora ha terciado en el caso Manos Limpias con una carta al juez Pedraz, sólo para suscitar la sospecha de que la defensa de la Infanta trató de hacer con él lo que da por supuesto que hizo con Manos Limpias, tenderle una celada. Y escribe a Pedraz una carta doblemente redundante. Lo que cuenta sólo es una insinuación chismosa que ya le había contado por teléfono desde el móvil de otro juez ¡porque temía que le hubieran pinchado el suyo! Le falta por explicar sus fotos de copas con la abogada de Manos Limpias, si él sólo trata con los abogados en su despacho, pero es que Virginia sabe dónde ponen los mejores gin-tonics de Palma.

Hay que leer su carta, tan ayuna de sintaxis como de razonamiento, con sobrecargas enfáticas en los adjetivos y aun en los adverbios (entrevistas clandestinas y altamente secretas) y compararla con la sobria y categórica respuesta de Roca. Habrá que escribir sobre el juez Castro el día en que su instrucción se quede en nada.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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