El pacto de la izquierda

El Mundo. 11-5-16

Llegados a este punto del conflicto es preciso admirar la coherencia de Meritxell Batet, qué gran apellido para una candidata por Barcelona, que ha decidido poner fin a la transversalidad que gobernaba su vida amorosa, desde que compartía dormitorio con José María Lassalle, secretario de Estado de Cultura en el Gobierno de Mariano Rajoy.

«Elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal», fue una frase inmortal que Fernando Ónega le escribió a Adolfo Suárez y que Meritxell (o su marido, o ambos) han invertido para dotarla de un nuevo significado.

Se acabó la transversalidad y ahora toca pacto de izquierdas. El de Pablo Iglesias (Podemos) y Alberto Garzón (Izquierda Unida), ese par de luminarias. El primero se comerá al segundo para afrontar la tarea de hacer lo propio después con Pedro Sánchez, cuando hayan formado un Gobierno de coalición presidido por este último.

Se ha convertido en un lugar común una extravagante convención matemática: «Dos más dos no suman cuatro». No estoy de acuerdo. Dos y dos seguirán sumando cuatro, pero no cinco.

Creo que la coalición de Podemos e Izquierda Unida obtendrá más votos que los que habría obtenido el primero en solitario, como también creo que no obtendrán escaños suficientes para dar el sorpasso al Partido Socialista.

El 20 de diciembre a la suma de los dos le faltaban 20 para quitar a los socialistas la segunda plaza. Suponiendo que Perdemos no pierda escaños como pronostican todas las encuestas y que Izquierda Unida saque los nueve diputados que están en puestos de salida, aún le quedan trece. Son muchos escaños.

Pablo rubricó el pacto con abrazo, en su estilo. Con abrazo y beso tal vez húmedo celebró el discurso de su colega Xavier Domènech (En Comú Podem) en el hemiciclo, bajando de su escaño hasta los medios. Tras ironizar cinco o seis veces en una charla sobre mi compañero Álvaro Carvajal y después de que lo plantaran todos los periodistas que cubrían su conferencia, se dirigió al periodista en el siguiente acto en el que coincidieron y le cascó un abrazo de boa constrictor, de esos que sólo practicaban los gerifaltes soviéticos, aunque en el campo de nuestra socialdemocracia también ganó justa fama con los suyo el socialista Javier Solana.

Pablo hizo lo mismo con el pobre Alberto para festejar el pacto y beberse juntos unas birras. Sí, el mismo Alberto que llevaba intentándolo tanto tiempo y al que rechazó políticamente, negándole coalición, y también en lo personal: «pitufo gruñón», «típico izquierdista tristón», «cuécete en tu salsa llena de estrellas rojas… etc.», un desdén que recuerda al de Federico García Lorca en su gran Prólogo: «Guárdate tu cielo azul, / que es tan aburrido, / el rigodón de los astros. / Y tu infinito, /que yo pediré prestado/ el corazón a un amigo».

Y diez meses después, por exigencias del guión y las encuestas, actúa como si hubiera ligado con Lenin. O con Largo Caballero, al que la izquierda puso el sobrenombre de el Lenin español.

Pobre Alberto, que cumple, tal como decía el otro día la gradación del comunismo español hacia la nada. Más mérito tenían los nacionalistas catalanes, cuyo líder minimalista, el increíble hombre menguante apuró ese viaje en sí mismo.

El Partido Comunista de España (PCE) lo ha hecho a lo largo de cuatro generaciones. Cuando Fernando Sánchez Dragó entrevistó a Jorge Semprún, éste puso a parir a Santiago Carrillo, aunque matizó: «Hombre, si lo comparamos con el pobre Frutos, hay diferencias». Pues de Francisco Frutos a Gaspar Llamazares también las hubo y Llamazares puesto junto a Garzón, parece Palmiro Togliatti. No diré Antonio Gramsci para que no se me excite Pablo.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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