Control parlamentario

El Mundo, 24-6-16

El director de la Oficina Antifraude de Cataluña compareció ayer en el Parlamento que lo nombró a propósito de la conversación que le fue grabada con el ministro del Interior en el despacho de su titular. Daniel de Alfonso, un perfecto desconocido para el gran público, hizo una intervención sorprendente, rotunda, en la que podía percibirse la cólera soterrada de los hombres justos.

De Alfonso es magistrado y algo de su oficio dejó entrever en su comparecencia parlamentaria. Reivindicó su derecho a reunirse con el ministro, ¿qué mejor interlocutor podría tener para proporcionarle información sobre los sujetos a investigar por su oficina? El jefe de la OAC considera que de los tres elementos que coinciden en este asunto (los indicios e informaciones que se intercambiaron, la conversación en sí y el hecho de la grabación y su posterior publicación) sólo uno constituye delito: la grabación de una conversación al ministro del Interior en su despacho.

Tal vez cupiera algún reproche que hacer al medio que lo publica, pero en esto practico la indulgencia corporativa. Los periodistas somos de natural peristas de la información, traficantes de mercancía robada, ya sea wikileaks, ya una grabación ilegal, ya la felonía de un custodio desleal, como en los papeles de Panamá. Sería más grave la hipótesis de lo que le contaban a Herrera sus fuentes, que la receptora de la filtración se la enseñara a Monedero, lo que se confirmaría plenamente si Unidos y Unidas-Posemos y Pamemas, convocan un Pásalo para la jornada de reflexión.

Uno comprende que De Alfonso no pueda triunfar en ese Parlamento. Para empezar se considera español, una provocación extraordinaria en esa cámara. Para continuar, y para más inri, llama hipócritas a los parlamentarios: «No sean hipócritas, señorías, todos se han reunido conmigo, y eso es lo que hay que hacer». Con una excepción: los de la CUP. Ellos fueron, según dijo, los únicos que pasaron de su oficina y no pidieron reunirse con él. Fue llamativo el corte a la discreta Inés Arrimadas, sobre el mensaje que había recibido de Albert Rivera, un político esencial en la oposición a Mas y sus delirios, pero que parece haber alcanzado su nivel de incompetencia en la política nacional: «Me dijo (Rivera) que me apoyarían pero que yo también tendría que darle alguna cosa».

Todos le afearon su arrogancia y su chulería, añorantes de los buenos viejos tiempos y las buenas maneras de los santos padres (y madres) fundadores (y fundadoras) del putiferio catalán: la legendaria suavidad de Jordi Pujol y Marta Ferrusola. También se entiende que si tienen que nombrar a un juez prefiriesen a Santiago Vidal o Pasqual Estevill, tipos mucho más razonables que De Alfonso.

El ministro ha acumulado méritos para no repetir en el próximo Gobierno, si le tocara encabezarlo a Rajoy, aunque tampoco es cosa de que lo destituya en la jornada de reflexión, para qué las prisas. Pero que no sea por la conversación, una charla de cuñados, sino por la inseguridad y por no limpiar los bajos fondos policiales de estas excrecencias.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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