Querido Albert, dos puntos

El Mundo, 29-6-16

Mi admirado Albert Rivera: De vez en cuando he incurrido en el género epistolar con políticos profesionales. La intención es aprovechar la cercanía del vocativo para ofrecerles a ustedes mis mejores consejos. Así lo hice muchas veces en otro periódico con Juan José Ibarretxe, un caso notable de empecinamiento con toques de mesianismo. Por razones parecidas le escribí dos docenas de cartas, o más, al entonces presidente Zapatero, sin que ni uno ni otro aprovecharan lo más mínimo mis bienintencionados consejos. Así les fue.

Le escribo a usted, porque me temo que está arruinando una biografía que empezó muy bien. Confieso que el nacimiento de su partido fue un hecho que acogí con ilusión. Entre los fundadores y los cargos institucionales del mismo tengo buenos amigos. Recordará que me invitaron a ir a Barcelona en un par de ocasiones durante la primera época de C’s, tan heroica, invitaciones que acepté gratis et amore. Lo conocí en una de aquellas mesas redondas y me causó usted buena impresión. Lo encontré algo verde y me pareció excesiva su admiración por Obama y sus millones de followers en Facebook, pero pensé que eso lo superaría con el tiempo. Le vi crecer en sabiduría y bondad y convertirse en el político que mejor defendía la España constitucional en ese carajal en que ha transformado Artur Mas a Cataluña.

Seguí con expectación su paso a la política nacional, pero debo confesarle que el balance me ha parecido decepcionante, como si hubiera alcanzado en ella su nivel de incompetencia. No comprendí que se creyera autorizado a exigir a otros partidos un sistema de organizarse y elegir candidatos, las primarias, que ustedes soslayaban cuando les convenía. Tampoco que se haya pasado la legislatura con su veto a Rajoy por estandarte, acusándole de un delito sin más pruebas que las palabras de un presunto delincuente, que ningún juez ha considerado siquiera como indicio.

Verá, querido Albert, yo no confiaba mucho en el efecto ‘Felisuco’ y consideraba que habiendo recibido una parte importante de su voto de simpatizantes del PP algo cabreados, su opción por Pedro Sánchez no iba a ser un elemento que le fidelizase esos votos para el futuro.

Su intervención en la noche electoral me pareció deplorable, al hacer una declaración de principios que chocaba con su análisis electoral. Me explicaré. No puede usted decir que «algunos ponen sus sillones por delante de los españoles» y luego achacar sus malos resultados, su falta de sillones, a la Ley Electoral y anunciar que su primera condición para negociar será cambiarla.

En primer lugar, es falso. Si sabe lo que es el ceteris paribus comprenderá que una misma ley, el mismo candidato, los mismos adversarios y el mismo cuerpo electoral, no explican que hace seis meses sacara usted casi 400.000 votos y ocho sillones más y todo lo explique por la perversidad de la ley. En segundo, ¿usted no pone los sillones por delante? Quizá haya cometido algún error que no confesó en su noche triste. Pero es usted joven y tiene tiempo por delante. Recapacite, buen hombre.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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