Será que mola

El Mundo, 8-6-16

Ahora se acaba de reivindicar como socialdemócrata. En la fauna política española, nadie ha hecho gala de un presentismo y un lenguaje acomodaticio tan eficaces para sus propósitos. Es Humpty Dumpty: «Cada vez que yo uso una palabra, ésta quiere decir lo que yo quiero que signifique». Ni más ni menos. De ahí que habiendo afirmado con tanta convicción «¡yo soy comunista!» en El gato al agua acabe de sentar plaza de socialdemócrata. Él es socialdemócrata como Marx y Engels, ¿o no escribió esta célebre pareja El manifiesto del Partido Socialdemócrata en 1848?

Lenin también. ¿Acaso no contribuyó a fundar el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso en 1898? La lectura de Qué hacer da pistas sobre la estrategia de Iglesias, con alguna diferencia, claro. En tiempos de Lenin no había tertulias televisivas y tuvo que conformarse con fundar Iskra, que era como Público pero en cirílico.

El autodefinido no basta. Pablo dio una chapa de dos horas a los chicos de la UJCE en Zaragoza y les explicó que la política es cabalgar contradicciones, como el patrocinio de los clérigos iraníes (iranís, dice él) o de los chavistas, y profundizó en lo conceptual: «La palabra democracia mola, por lo tanto habrá que disputársela al enemigo cuando hagamos política. La palabra dictadura no mola, aunque sea dictadura del proletariado. No mola nada, no hay manera de vender eso.

Aunque podamos teorizar que la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia en la medida en que aspira a anular unas relaciones de clase injustas que en sí mismas, ontológicamente, anulan la posibilidad de la igualdad que es la base de la democracia». «Mientras llegamos al poder», dijo aquella misma tarde, «es preferible la propaganda a la educación». Y, por si acaso: «Yo no he dejado de considerarme comunista nunca».

Democracia mola y si es social, ni te cuento. De ahí que le copiaran el acrónimo a un partido chavista: POr la DEMOcracia Social. Lo que mola, lo que no mola, el enemigo, la dictadura del proletariado, máxima expresión de la democracia, pero que no mola. Es lo mismo que le pasa con Albertito Garzón, que es bueno de remate el pobre. Los dos son comunistas, pero Garzón cree que el comunismo está de moda y por eso cree que es guay el flamear de banderas rojas con su hoz y su martillo. Pablo cree que Alberto es tonto en vez de bueno; por eso le llamaba cenizo y pitufo gruñón y le advertía: «Deja de estar tan preocupado con las cosas que nosotros hacemos y proponemos. Cuécete en tu salsa llena de estrellas rojas, pero no te acerques».

En la videoteca de Pablo hay decenas de vídeos que atestiguan su identidad con Garzón y sus plagios a Chávez, desde el tic-tac, tic-tac al referéndum revocatorio, desde la casta hasta el empoderamiento de la gente. Y éste se permite reprochar oportunismo a Rivera: «No creo que sea de derechas. Albert Rivera es de lo que haga falta». Mi añorado ‘Churruca’ lo clavó: «He tenido charlas con máquinas de tabaco más interesantes que los discursos de Pablo Iglesias. Y eran más amables. Siempre daban las gracias».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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