Todo va a peor

El Mundo, 10-6-16

Habló el CIS, rey de todos los arúspices, y ofreció un pronóstico que ya no deja lugar a dudas: por rigor, por metodología y, muy principalmente, porque viene a respaldar todo lo que decían las encuestas precedentes y el sentido común de cuantos mirasen el panorama con un mínimo de objetividad.

Las elecciones del 20-D habían dibujado una España ingobernable, pero, vistas desde los augurios del CIS, eran un retrato optimista de la política española. Si la encuesta acierta, se habrá cumplido el sueño de Monedero, «el fin del régimen del 78» o, por decirlo con metáfora pablista, «se habrá roto el candado del 78».

La única posibilidad, siquiera sea teórica, de que tengamos Gobierno este verano sería la imposible gran coalición, que en el PSOE no quiere nadie. La alternativa más cercana sería pasar a la oposición, que de momento sólo defienden Felipe y Rodríguez Ibarra. El PP se mantiene en su encefalograma plano de partido más votado, perdiendo entre dos y cinco escaños. Con los que se le caen a Ciudadanos sería todavía más difícil un acuerdo de Gobierno, eso sin contar con la nula predisposición de Albert Rivera.

El PSOE cree que la cocina de la encuesta del CIS le perjudica. Los socialistas no entienden que siendo el partido al que los españoles sienten más cerca y al que prefieren como ganador electoral, no hay manera de que se centren ante la urna y opten por votar a otros. Así son las cosas. El joven Sánchez tenía razón cuando decía que los españoles querían más al PSOE que las encuestas, hasta un reloj parado acierta dos veces al día con la hora.

Hay razones lógicas. Los españoles son un pueblo que se desprecia a sí mismo. Si eligió para representante en Eurovisión a Chikiliquatre, no hay razón para que no acepte como presidente del Gobierno a Pablo. En realidad, esto revelaría a los españoles (y a las españolas, claro) como un colectivo en trance de desistimiento. ¿Cómo votarse a sí mismo pudiendo hacerlo por otro? Se supone que en el cambio de papeles, Pablo le ofrecerá a Pedro la vicepresidencia que reclamaba para sí el 22 de enero y Sánchez tendrá tentaciones. Frente a los barones del partido es más fácil conservar las llaves de Ferraz si eres vice que si no eres nada. Pero si se cumple el hundimiento socialista, 46-48 escaños menos que los que llevaron a dimitir en otra noche electoral a Joaquín Almunia, Pedro no llegará vivo (políticamente hablando) a la madrugada del día 27.

Él ha cometido un error estratégico al reducir su objetivo al cambio, a desahuciar al inquilino actual de La Moncloa. Si de lo que se trata es de echar a Rajoy, acto que constituye el paradigma del cambio, Sánchez se ha convertido en una amable inutilidad, mientras Iglesias se ha revelado como la herramienta más útil del cambio, la llave Allen de Ikea.

Además, Pablo aporta rencor. Eslava Galán relata en su Historia de España contada para escépticos que esto ya pasaba hace mil años, al recibir con palmas a los almorávides: «Como es sabido, a causa de ese hispánico cáncer de la envidia, el pueblo apoya cualquier Gobierno que jorobe al de arriba, aunque a él no le reporte ventaja alguna: se da por bien remunerado con la venganza social».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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