El nivel de la riada

Con nocturnidad y algo de alevosía, unos desconocidos han derribado la estatua que el Ayuntamiento de Premià de Dalt había levantado en su término municipal a su oriundo más eximio, el ex honorable Jordi Pujol i Soley, que era también vecino ocasional del pueblo, donde tiene casa.

La estatua era una rareza en bronce, con el prohombre de pie sobre una plataforma sustentada por cuatro pilares que representan, supongo, las cuatro barras de la señera. El conjunto era un despropósito, con mucha más peana que santo. Esta ignorancia de las reglas acaba confiriendo al conjunto una imagen grotesca. El Ayuntamiento de Bilbao levantó un busto de Unamuno en la plaza que lleva su nombre. Con la correcta intención de impedir que los gamberros acabaran subiéndose a las barbas del ilustre bilbaíno, colocaron su cabeza sobre una columna y un capitel corintios de unos cinco metros de altura. El conjunto sugiere la cabeza del escritor clavada en lo alto de una pica.

La estatua de Pujol, otro error, es propia, vale decir que el representado está de pie, en lugar de ser ecuestre o sedente. Tiene un aire de estatua norcoreana para festejar a un amado líder expectante que vigila a su pueblo desde su metálica condescendencia. A los líderes bajitos les sienta mejor la cosa ecuestre para que el caballo suplemente la falta de materia prima. Las sedentes también disimulan la estatura, pero las ecuestres tienen la ventaja de darle al Poncio un aire más épico.

Franco sabía esto y por eso las estatuas que se le erigían en las ciudades españolas lo mostraban a caballo. A mí me parecía bien. Rencoroso como soy, estimaba que las estatuas del dictador, recuerdo especialmente las de Santander y su pueblo natal, Ferrol, tan cubiertas de excrementos de palomas, eran un tributo de las columbiformes al antifranquismo. Lamentablemente retiraron las estatuas, un gesto cómplice de ayuntamientos pacatos hacia sus vecinos, buenas gentes que jamás habían pecado de antifranquistas, pero que sorpresivamente y de repente se empeñaron en que lo bajaran del caballo, quizá para evitar una interpelación a su civismo del tipo de la estatua.

No es justo, ya se lo temía el columnista Espada. Yo creo que las estatuas de gente como Franco o Pujol deberían quedarse sobre sus peanas o sus caballos para siempre, como tributo de la memoria a la realidad de un tiempo miserable y majadero, al igual que en todas las ciudades que padecieron inundaciones se pintan rayas rojas con la leyenda: «Hasta aquí llegó la riada en agosto de 1983».

La figura de Pujol amaneció ayer por los suelos de la plaza que lleva su nombre, como un Sadam Husein en abril de 2003. Tenía los dedos rotos, qué metáfora, como si el azar ignorante de los vándalos le hubiera aplicado deliberadamente la ley del talión, mutilándolo «por do más pecado había». El Ayuntamiento, al retirarlo, le ha infligido una última sevicia a su memoria: el gran líder ha sido levantado del suelo colgado del cuello por una grúa, como si fuera un homosexual iraní. Dónde se ha visto, qué vergüenza.

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Dulce impunidad

El Gobierno andaluz ha reclamado a la empresa Minas de Aguas Teñidas, Sociedad Anónima (Matsa) para exigirle la devolución de 11,8 millones de euros que en su opinión habría percibido de la Junta indebidamente en concepto de subvención.

En rigor fueron 10,1 millones los percibidos. La diferencia –1,7 millones– se debe a los intereses. La presidenta de la Junta de Andalucía es mujer muy notable. Anunció desde los primeros compases de su toma de posesión que con ella se había acabado el mamoneo y la corrupción y que no le iba a temblar el pulso ni la voz frente a los corruptos. Ahí la tienen, báilenla.

Pocas cosas hay en este mundo tan placenteras como aprobar leyes para no cumplirlas y Pujol no es el único ejemplo. El presidente más longevo que han tenido los andaluces, Manuel Chaves, 19 años en el machito, aprobó el 8 de abril de 2005, para incumplirla dos años después, la Ley de Incompatibilidades de Altos Cargos de la Junta de Andalucía, que en su artículo 7.1, decía: «Los titulares de altos cargos están obligados a inhibirse del conocimiento de los asuntos en cuyo despacho hubieran intervenido o que interesen a empresas, entidades o sociedades en cuya dirección, asesoramiento o administración hubiesen tenido alguna parte ellos, su cónyuge, pareja de hecho inscrita en el correspondiente registro o persona de su familia dentro del segundo grado civil».

Atención, pregunta: ¿Era la hija de Chaves persona de su familia dentro del segundo grado civil? Sí, y aun del primero. ¿Tuvo parte en la dirección o asesoramiento o administración de Matsa? Lo tuvo, en tanto que apoderada, primero y directora del departamento legal de la empresa posteriormente. La cosa estuvo mal, pero por unas pocas circunstancias: que Chaves fuera presidente de la Junta en la fecha de la subvención; ser el padre de Paula Chaves; que ésta fuese apoderada de Matsa, gestionara con poder de la empresa ante la Junta presidida por su padre una subvención y la Junta se la diera con su voto, en lugar de inhibirse, un mínimo detalle que le exigía la ley: excúsenme los consejeros, pero me acaba de dar un apretón. Voten ustedes este proyecto de ley en tanto que yo me alivio.

Dar una subvención a la empresa de la niña no era la única irregularidad de Chaves. El Gobierno de Zapatero, que era un Gobierno amigo, denegó la subvención que le solicitaba la empresa «para continuar la construcción de una planta», cuando la orden ministerial establecía con la claridad suficiente que la petición debía realizarse antes de comenzar la explotación del yacimiento. (O.M. 12 de abril de 2007). La orden autonómica que fijaba las ayudas era un calco en este sentido, de la orden ministerial. El Tribunal Supremo ratificó la decisión de Griñán de no imponer sanción alguna a Chaves. El PP pidió una comisión de investigación que el PSOE rechazó, como lo había hecho en 70 ocasiones anteriores.

La empresa se ha acogido, con toda la devoción del mundo, a Santa Rita, Rita, y se muestra, así, de primeras, algo renuente a la idea de la devolución. Se comprende. Lo que ya se entiende es que Susana Díaz no ponga una querella para reclamar ese dinero a Chaves y solidariamente a los miembros del Gobierno que presidía.

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‘Lehendakari’, quebequés

En los últimos días de septiembre, se produce cada año un par de acontecimientos de primera magnitud en el calendario político vasco: el Debate de Política General, en el Parlamento, y el Alderdi Eguna (Día del Partido), que congrega a los afiliados del PNV en las campas de Foronda el último domingo de septiembre.

El Debate de Política General había conocido dos hitos notables: en el de 1987, el lehendakari Ardanza hizo una afirmación inédita en la historia del nacionalismo: «De ETA nos separan no sólo los medios, sino también los fines, porque los objetivos que se persiguen están inevitablemente contaminados por los medios que se emplean para alcanzarlos». Nunca antes había dicho un nacionalista semejante cosa. Nunca más volvió a decirlo.

En el de 2002, celebrado el 27 de septiembre, el lehendakari Ibarretxe presentó el plan soberanista que llevaba su nombre. Yo ya sabía que el lehendakari Urkullu era mucho más sensato que su correligionario y que su homólogo catalán. Lo tengo escrito. El discurso fue plano, como corresponde a una democracia muy madura: un discurso suizo, de lechero despertador y reloj de cuco. Por eso no me ha sorprendido que toda la referencia contenida en su discurso al citado referéndum hayan sido estas palabras: «Hemos comprobado que en Escocia ha sido posible alcanzar un acuerdo para que la voluntad democrática se exprese en relación a una cuestión fundamental para su futuro».

Añade Urkullu que también fue posible «en Quebec, tras el dictamen del Tribunal Superior de Canadá de 1998. Este dictamen ofrece una respuesta en cuatro estadios: la apertura de un diálogo político sin un resultado predeterminado; la negociación de buena fe; el acuerdo, y una clara ratificación de la sociedad ante una pregunta también clara».

Pasmoso. Arrimar el ascua a su sardina se llama esta figura. Ha reescrito la historia moderna de Canadá con las cuatro pautas que sirven de guía a su Gobierno: diálogo, negociación, acuerdo y ratificación. En realidad, los quebequeses empezaron por el referéndum de independencia, lo que usted llama ratificación. Celebraron dos: el 20 de mayo de 1980 y el 12 de junio de 1995. Tras la victoria mínima del no en este último (50,58% de noes frente a 49,42% de síes), el ministro de Relaciones Intergubernamentales de Canadá, Stéphane Dion, pidió un dictamen al Tribunal Supremo, sobre el que el Gobierno elaboró la llamada Ley de la Claridad. Nunca se ha vuelto a celebrar un referéndum en Quebec. El partido quebequés lo intentó tras su victoria de 2012, pero no pudo y adelantó las elecciones al 8 de abril de 2014. Las ganó por mayoría absoluta el Partido Liberal. Los nacionalistas se hundieron con una pérdida de 24 escaños, incluido el de la primera ministra, Pauline Marois.

Le diré, lehendakari, que esto lo recuerdo bien. Cuando Dion vino a Bilbao a hablar de Quebec y de su ley, me cupo el honor de presentar su conferencia, tras haberle acompañado durante la jornada. Por cierto, nadie de su partido, del de usted, quiso recibirlo para dialogar. Era el 25 de noviembre de 2003.

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El canto del cisne

La vida moderna es un azar complejo y tornadizo. Fíjense en Ruiz-Gallardón, desde ayer por la tarde ex ministro de Justicia; antaño referente socialdemócrata del partido conservador y hoy derecha pura y dura del partido.

Su dimisión es un acto insólito en la política española y, por eso mismo, un hecho admirable. Y hermoso: el canto del cisne entre patitos feos. «Un bel morir tutta una vita onora», escribió Petrarca, y la dimisión es el bel morir de los políticos que abrocha con dignidad errores del pasado. La dimisión es el seppuku de los políticos con sentido del honor, una rareza en estos tiempos.

Él había puesto mucho empeño en una ley que ni siquiera gustaba a parte de los suyos. Y fuera del PP, sólo a Vox. Habría sido muy razonable la eliminación de los tres rasgos que hacían de la ley Aído-Pajín un esperpento: la consideración del aborto como un derecho, la complicidad del Estado con adolescentes temerosas de bronca en casa al dar la nueva («Mamá, papá, estoy algo preñada») y la declaración del legrado como un bien universal y gratuito. Con lo baratos que son los condones.

Después de tantas promesas incumplidas, tenían que empeñarse en cumplir precisamente ésta y en unos términos que derogaban no sólo la reforma Aído, sino también la del 85, la de los tres supuestos, con la que Aznar pudo gobernar sin tocarle una coma. Y no parece que, en el PP de ahora mismo, Aznar le parezca a nadie un sospechoso socialdemócrata.

Si Gallardón tenía aspiraciones sucesorias, las enterró en el Ministerio de Justicia. El presidente puso la lápida al comunicarle el decaimiento del anteproyecto de Ley Orgánica de Protección del Concebido y los Derechos de la Embarazada.

No había consenso, ha argumentado el PP para retirar el anteproyecto. En realidad nunca lo hubo, pero no parece que esa carencia haya sido en otros casos motivo disuasorio para un partido instalado en una confortable mayoría absoluta en el Congreso.

Si esta reforma fue la ocurrencia de algún estratega con la pretensión de hacer frente a la desmoralización que suponía el caso Bárcenas, su cálculo no podía estar más errado. Bueno, vale, fue que a algún genio se le ocurrió que había que cumplir ese punto preciso del programa electoral precisamente en el momento en que arreciaban los vientos por lo de Bárcenas; algo casual, no causal. En todo caso, no conocía mucho a su partido ni estaba al tanto del estado del arte en la sociedad española. Fue un gran regalo para la oposición, que ha acabado cobrándose su premio en la cabeza del ministro de Justicia, que ha terminado así una carrera política en la que había sido presidente de la Comunidad y alcalde de Madrid con mayorías absolutas.

Ha dimitido y el gesto le honra. El sábado pasado, durante el congreso extraordinario de los socialistas vascos, su secretario general dedicó un rato a la crítica de la ley Gallardón, exigiendo a Rajoy «que obligue a dimitir a su ministro de Justicia». Esta amable acracia está llegando un poco lejos. Pedro Sánchez, que aspira a la Presidencia del Gobierno, primarias mediante, debería saber que entre las prerrogativas del presidente está la de rehuir las perífrasis en casos como éste y conjugar un verbo transitivo: destituir.

El PSOE ha celebrado la noticia como un éxito propio. Llega tarde. Esto, como la abdicación, como la dimisión de Rubalcaba y probablemente hasta el fallecimiento de Botín, ya se lo habrá apuntado Podemos.

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Ah, ‘la Famiglia’

Hace ya bastantes años el gran Alberto Moravia decía en una entrevista que la familia era la gran escuela de la delincuencia moderna. Pensé entonces que tal vez el viejo y lúcido escritor italiano llevaba mal los amoríos de su joven esposa, la garrida navarra Carmen Llera, con el líder druso Walid Jumblatt.

La semana en la que Artur Mas iba a aprobar su Ley de Consultas empezaba el pasado lunes con la comparecencia de Jordi Pujol Ferrusola en la Audiencia Nacional ante el juez Ruz. Aquel mismo día, a las cuatro de la tarde comparecía su ex mujer, Mercé Gironés, en un episodio positivo en medio de tanta turbación. Lo que Dios ha unido que no lo separe un juez, escribió aproximadamente el evangelista Mateo. «Lo que yo he unido en la tierra no lo separa ni Dios en el cielo», decía Agustín González en La Escopeta Nacional.

La Justicia ha vuelto a unir ante el Juzgado número 5 y en un sólo sumario a quienes en otro tiempo habían sido una sola carne. Es consolador, ya digo, y tiene raíces. «¿Vives con tu familia?» preguntaba don Corleone a su ahijado Johnny Fontane. «Bien hecho. Un hombre que no vive con su familia no es verdaderamente un hombre».

Se trataba de la compraventa de unos terrenos valorados en 30 millones de euros en Hospitalet y hete aquí que el ex suegro de Jordi júnior, Ramón Gironés, se presentó al vendedor para exigir su 3%. «Ustedes tienen un problema que se llama 3%», había dicho el 24 de febrero de 2005 Maragall al entonces jefe de la oposición, hoy presidente Mas, una rareza del socialista, que acostumbraba a llamar problema a lo que en realidad era una ilusión. Los terrenos habían sido vendidos siete meses antes de este episodio y fueron recalificados dos meses después. La tierra para quien la recalifica, ya lo decía Zapata, (o si no, algo muy parecido).

Al final, la mordida quedó en menos, unos 550.000 euros. Los propietarios de los terrenos no parecían estar por la tarea, pero les hicieron una oferta que no podían rechazar: les negaron permisos para construir, les precintaron una finca y les instalaron una planta de tratamiento de residuos justo al lado.

Esto es un clásico. La Familia es un concepto que desborda la consanguinidad, para integrar a la familia política. Como los Tessio y Clemenza eran miembros de la familia Corleone. Como aquel bendito Félix Millet, que pagó la boda de su hija (81.000 euros) con fondos de la Fundació Orfeó Català y luego le pidió la mitad a su consuegro.

El viernes próximo le toca comparecer al viejo don Pujolone. Debería citar a los clásicos y hacer suya la frase de Michael Corleone: «Toda mi vida he luchado por proteger a mi familia». Y así me lo pagan.

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Ganar al sí y al no

Sea cual sea el resultado del referéndum escocés, la vieja frase de Churchill «nunca tantos debieron tanto a tan pocos» tendrá un significado nuevo a partir de ayer. Churchill, que era un gran estadista y un excelente escritor, le copiaba algunas frases –tuits, diríamos ahora– a Edward Gibbon, el gran historiador de la decadencia de Roma. El líder conservador se refería con ésta a los pilotos de la RAF y a su papel en la Batalla de Inglaterra.

Mutatis mutandis, sean cuales fueren los resultados de la consulta, la sentencia sería conveniente para el caso que nos ocupa: 500 millones de europeos estuvieron ayer con el alma en vilo, pendientes de 350.000 escoceses indecisos. La ruptura de la más vieja nación de Europa sería una catástrofe, un terremoto que, partiendo de Edimburgo, hiciera llegar sus ondas expansivas al último rincón de Europa. Los efectos los notarían con más intensidad quienes viven cerca del epicentro, claro, y los escoceses ya han recibido algún mensaje de sus bancos sobre su predisposición a mudarse a la City, que no es mal barrio para sus negocios.

Está el efecto imitación: cada vez que alguien pronuncia la palabra talismán autodeterminación el alma de todo nacionalista se transporta y las miradas esperanzadas de tanta gente en Cataluña, Euskadi, País de Gales, Flandes, Ulster, italianos de la Liga Norte, corsos, algunos chipriotas, húngaros de Eslovaquia, rusos de las repúblicas bálticas, and so on. Puede que incluso los ålandeses, que hace unos años constituían un modelo muy atractivo para algunos nacionalistas vascos por tener servicio propio de Correos. Claro que en España todo es más opinable. Quizá Cayo Lara y el joven Garzón consideren que la amenaza de los bancos escoceses de irse a Londres es una gran oportunidad para sus correligionarios de Escocia: si se libran del capitalismo financiero tan por las buenas, lo que queda, por eliminación, no puede ser otra cosa que el socialismo.

Los secesionistas españoles, catalanes y vascos, han enviado delegaciones varias. Por parte de los vascos, han ido tres: una del partido guía encabezada, en sentido estricto, por Andoni Ortuzar; el Gobierno Urkullu ha enviado la suya y Bildu a su europarlamentario Josu Juaristi. De Cataluña han ido Convergència (sin Unió), el PSC (sin PSOE), ERC, ICV y la CUP, que envía a un tal Sales y a un concejal de Manresa.

Ayer subieron las bolsas y la prima de riesgo bajó. Son señales fiables de la confianza del dinero en la victoria del no. Ya había advertido sabiamente John Maynard Keynes que nada hay en esta vida tan tímido como un millón de dólares.

Sin embargo, aun en el caso de la victoria del no, Europa tampoco volverá a ser la misma. El efecto imitación seguirá. Todo secesionista entenderá que Alex Salmond ha hecho muy rentable su iniciativa y Artur Mas empezará a reclamar desde hoy mismo las mejoras en la financiación que vayan a sacar los escoceses a su derrota. Cameron ha universalizado la cláusula Camps, un invento valenciano. ¡Y del PP!

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Asuntos internos

El presidente del Gobierno y el lehendakari vasco se reunieron el lunes a cencerros tapados, dicho sea sin ánimo de señalar. Mientras Artur Mas y su socio escenificaban su desencuentro, Rajoy y Urkullu demostraban que hablando se entiende la gente, aquella gran lección política que Ernest Benach aprendió de una conversación banal con el Rey de entonces.

Apeado ya de su «consulta sí o sí», Mas ha cambiado de disyuntiva: consulta o elecciones plebiscitarias. El problema es que su socio en la oposición, Oriol Junqueras, no está dispuesto a coaligarse con CiU sin consulta previa. El Debate de Política General ha bastado para escenificar la gresca y para que el primer secretari del PSC se haya estrenado como valet de chambre, en el mejor estilo que los dos partidos españoles cumplen para los nacionalismos en Euskadi y Cataluña: morroi del caserío para el PNV o palanganer para el meublé de Convergència. Recuerden el papelón que hizo Alicia Sánchez-Camacho con aquel pacto de legislatura que sólo tuvo cuerda para un par de años.

El Debate de Política General era el momento para que Moisés enseñara las tablas de la ley a los suyos y se los llevara a dar vueltas por el Sinaí durante cuatro décadas. Es lo que pide la tradición a los pueblos elegidos. Juan ‘Josué’ Ibarretxe anunció su plan en un Debate de Política General, el 27 de septiembre de 2002. Pero en los primeros compases, antes incluso de la ley de consultas, ha estallado la guerra. Civil, naturalmente. Los nacionalistas consideran que nuestras últimas guerras civiles, las carlistas y la del 36, fueron guerras de España contra vascos y catalanes, en lugar de guerras civiles de españoles contra españoles, incluyendo vascos entre sí y catalanes entre sí.

Basta apartar a los españoles para verlo. Los enemigos de verdad son Mas y Junqueras, que le disputa el cargo. En Euskadi pasa otro tanto, con la diferencia de que Urkullu sí sabe que los batasunos van por ellos. De ahí la escasa admiración del lehendakari hacia el proceso catalán. Galeusca se ha convertido en Cagaleus. De ahí que los frutos del almuerzo del lunes en Moncloa se redujeran al buen rollito y poco más.

No es que Urkullu no sienta tentaciones, que las tiene. Es que no va a alterar su calendario en función de la acreditada torpeza política de su homólogo catalán. Antes querrá ver lo que pasa en Escocia. Después, lo que ocurre en Cataluña el 9-N y, finalmente, afrontar el gran duelo que le espera en mayo de 2015 frente a Sortu en las elecciones municipales y forales.

Si uno fuera biempensado diría que Rajoy y Urkullu han dado una pequeña lección de pedagogía política en su almuerzo mientras CiU y ERC se las tenían tiesas en el Parlamento catalán. La disonancia es que sea precisamente este momento el elegido por Margallo para anunciar que, si es preciso, se suspenderá la autonomía catalana. Una vez más, el ministro de Exteriores ocupándose de asunto tan interior. Se ve que ya era muy mayor cuando explicaron en Barrio Sésamo los conceptos rudimentarios: dentro/fuera.

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