Ganar al sí y al no

Sea cual sea el resultado del referéndum escocés, la vieja frase de Churchill «nunca tantos debieron tanto a tan pocos» tendrá un significado nuevo a partir de ayer. Churchill, que era un gran estadista y un excelente escritor, le copiaba algunas frases –tuits, diríamos ahora– a Edward Gibbon, el gran historiador de la decadencia de Roma. El líder conservador se refería con ésta a los pilotos de la RAF y a su papel en la Batalla de Inglaterra.

Mutatis mutandis, sean cuales fueren los resultados de la consulta, la sentencia sería conveniente para el caso que nos ocupa: 500 millones de europeos estuvieron ayer con el alma en vilo, pendientes de 350.000 escoceses indecisos. La ruptura de la más vieja nación de Europa sería una catástrofe, un terremoto que, partiendo de Edimburgo, hiciera llegar sus ondas expansivas al último rincón de Europa. Los efectos los notarían con más intensidad quienes viven cerca del epicentro, claro, y los escoceses ya han recibido algún mensaje de sus bancos sobre su predisposición a mudarse a la City, que no es mal barrio para sus negocios.

Está el efecto imitación: cada vez que alguien pronuncia la palabra talismán autodeterminación el alma de todo nacionalista se transporta y las miradas esperanzadas de tanta gente en Cataluña, Euskadi, País de Gales, Flandes, Ulster, italianos de la Liga Norte, corsos, algunos chipriotas, húngaros de Eslovaquia, rusos de las repúblicas bálticas, and so on. Puede que incluso los ålandeses, que hace unos años constituían un modelo muy atractivo para algunos nacionalistas vascos por tener servicio propio de Correos. Claro que en España todo es más opinable. Quizá Cayo Lara y el joven Garzón consideren que la amenaza de los bancos escoceses de irse a Londres es una gran oportunidad para sus correligionarios de Escocia: si se libran del capitalismo financiero tan por las buenas, lo que queda, por eliminación, no puede ser otra cosa que el socialismo.

Los secesionistas españoles, catalanes y vascos, han enviado delegaciones varias. Por parte de los vascos, han ido tres: una del partido guía encabezada, en sentido estricto, por Andoni Ortuzar; el Gobierno Urkullu ha enviado la suya y Bildu a su europarlamentario Josu Juaristi. De Cataluña han ido Convergència (sin Unió), el PSC (sin PSOE), ERC, ICV y la CUP, que envía a un tal Sales y a un concejal de Manresa.

Ayer subieron las bolsas y la prima de riesgo bajó. Son señales fiables de la confianza del dinero en la victoria del no. Ya había advertido sabiamente John Maynard Keynes que nada hay en esta vida tan tímido como un millón de dólares.

Sin embargo, aun en el caso de la victoria del no, Europa tampoco volverá a ser la misma. El efecto imitación seguirá. Todo secesionista entenderá que Alex Salmond ha hecho muy rentable su iniciativa y Artur Mas empezará a reclamar desde hoy mismo las mejoras en la financiación que vayan a sacar los escoceses a su derrota. Cameron ha universalizado la cláusula Camps, un invento valenciano. ¡Y del PP!

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Asuntos internos

El presidente del Gobierno y el lehendakari vasco se reunieron el lunes a cencerros tapados, dicho sea sin ánimo de señalar. Mientras Artur Mas y su socio escenificaban su desencuentro, Rajoy y Urkullu demostraban que hablando se entiende la gente, aquella gran lección política que Ernest Benach aprendió de una conversación banal con el Rey de entonces.

Apeado ya de su «consulta sí o sí», Mas ha cambiado de disyuntiva: consulta o elecciones plebiscitarias. El problema es que su socio en la oposición, Oriol Junqueras, no está dispuesto a coaligarse con CiU sin consulta previa. El Debate de Política General ha bastado para escenificar la gresca y para que el primer secretari del PSC se haya estrenado como valet de chambre, en el mejor estilo que los dos partidos españoles cumplen para los nacionalismos en Euskadi y Cataluña: morroi del caserío para el PNV o palanganer para el meublé de Convergència. Recuerden el papelón que hizo Alicia Sánchez-Camacho con aquel pacto de legislatura que sólo tuvo cuerda para un par de años.

El Debate de Política General era el momento para que Moisés enseñara las tablas de la ley a los suyos y se los llevara a dar vueltas por el Sinaí durante cuatro décadas. Es lo que pide la tradición a los pueblos elegidos. Juan ‘Josué’ Ibarretxe anunció su plan en un Debate de Política General, el 27 de septiembre de 2002. Pero en los primeros compases, antes incluso de la ley de consultas, ha estallado la guerra. Civil, naturalmente. Los nacionalistas consideran que nuestras últimas guerras civiles, las carlistas y la del 36, fueron guerras de España contra vascos y catalanes, en lugar de guerras civiles de españoles contra españoles, incluyendo vascos entre sí y catalanes entre sí.

Basta apartar a los españoles para verlo. Los enemigos de verdad son Mas y Junqueras, que le disputa el cargo. En Euskadi pasa otro tanto, con la diferencia de que Urkullu sí sabe que los batasunos van por ellos. De ahí la escasa admiración del lehendakari hacia el proceso catalán. Galeusca se ha convertido en Cagaleus. De ahí que los frutos del almuerzo del lunes en Moncloa se redujeran al buen rollito y poco más.

No es que Urkullu no sienta tentaciones, que las tiene. Es que no va a alterar su calendario en función de la acreditada torpeza política de su homólogo catalán. Antes querrá ver lo que pasa en Escocia. Después, lo que ocurre en Cataluña el 9-N y, finalmente, afrontar el gran duelo que le espera en mayo de 2015 frente a Sortu en las elecciones municipales y forales.

Si uno fuera biempensado diría que Rajoy y Urkullu han dado una pequeña lección de pedagogía política en su almuerzo mientras CiU y ERC se las tenían tiesas en el Parlamento catalán. La disonancia es que sea precisamente este momento el elegido por Margallo para anunciar que, si es preciso, se suspenderá la autonomía catalana. Una vez más, el ministro de Exteriores ocupándose de asunto tan interior. Se ve que ya era muy mayor cuando explicaron en Barrio Sésamo los conceptos rudimentarios: dentro/fuera.

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Pasión de Mas

El presidente de la Generalidad entra hoy en su semana de pasión con el comienzo del Debate de Política General en el Parlamento catalán. Iba a empezar mañana, pero Mas, que es astuto, ha adelantado la performance 24 horas con el fin de tener libre el jueves 18, para poder seguir al minuto el referéndum escocés. No hay que sacar conclusiones precipitadas. Se habría hecho lo propio si jugara el Barça. El debate parlamentario permitirá, quizá, hacerse una idea más precisa de las intenciones de Junqueras. O quizá no, salvo la que parece más evidente: ser Mas en lugar de Mas.

Ya con la referencia del resultado, el día 19 tocaría debatir en el Parlamento la tan cacareada y convenientemente aplazada Ley de Consultas para tratar de apurar los tiempos del Tribunal Constitucional. Mas considera que una vez aprobada la ley, si el presidente firma la convocatoria de referéndum con la rapidez suficiente para anticiparse al recurso de inconstitucionalidad que el presidente Rajoy debe de tener listo para presentar, la consulta tendría en la ley catalana el amparo legal que le niega la Constitución española. Mas firmaría el decreto entre el sábado 20 y el lunes 22, aprovechando la tradicional indolencia de los españoles, que no suelen trabajar los fines de semana. El empeño es vano, a la par que estrambótico. Es evidente que en el mismo momento en que el Gobierno presente su recurso y el Constitucional lo admita a trámite, queda suspendida no sólo la Ley de Consultas aprobada por el Parlamento de Cataluña, sino todas las iniciativas que en ella se puedan apoyar.

Hay un precedente que puede contribuir a explicar las prisas catalanas. Cuando los proyectos de Estatuto de Guernica y Sau se aprobaron en las asambleas de parlamentarios del País Vasco y Cataluña (29 de diciembre de 1978), los trámites debían continuar con la presentación de ambos textos en el Congreso de los Diputados. Tal inscripción no podía realizarse antes de que la Constitución, aprobada en referéndum el 6 de diciembre de 1978, fuera publicada en el BOE, lo que se produjo el 29 de diciembre.

Catalanes y vascos competían por inscribir primero sus respectivos estatutos. Ganaron los vascos. El diputado de UCD Juan Echevarría Gangoiti alquiló una avioneta y presentó el Estatuto en el Registro aquel mismo día a las 19.12. Los catalanes, de suyo más mirados, viajaron en tren e hicieron lo propio una hora y 11 minutos más tarde, razón por la que el Estatuto vasco se debatió en el Congreso antes que el de Sau, aunque ambos fueron sometidos a referéndum el mismo 25 de octubre. Esa foto-finish es la causa de que el lehendakari vasco preceda siempre en el protocolo al presidente de la Generalidad. Si a Mas le hubieran explicado algunos rudimentos de derecho, amén de la anécdota que acabo de relatar, comprendería la razón de la misma: el pueblo de Cataluña no podía dotarse de un Estatuto de Autonomía antes de que España tuviese una Constitución que lo acogiera. De la misma manera que no puede tener una Ley de

Consultas que permita lo que no autoriza la Carta Magna. Es triste, pero así es la vida.

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Movida institucional

En la crónica que ETB hizo de la apertura de las performances de la Diada se repitió nueve veces el calificativo institucional para los diversos actos del presidente de la Generalitat.

Era la primera vez que un president celebraba la jornada en el Fossar de les Moreres, lugar en el que, en pasadas ediciones, hacían su convocatoria los independentistas quemando banderas españolas e imágenes del Rey de España. En honor a la verdad, Mas no quemó ni una cosa ni otra. Es más, su presencia fue mano de santo, un acto sustitutivo, porque no hubo noticias de esta clase de incidentes.

Discurso institucional y actos institucionales, dijeron varias veces. A mi modo de ver, con cierto margen de imprecisión, porque si algo caracteriza el discurso, todos los discursos de Mas y los suyos, todos los actos que se están desarrollando en este proceso es precisamente la desinstitucionalización de Cataluña. Artur Mas es un dirigente que confundió su mandato democrático con una manifestación que él, subteniente Araña, convocó, pero a la que no asistió.

El presidente ha secundado este año la convocatoria de sus socios radicales y ha reconocido en su discurso institucional como líderes sociales a organismos radicales como la ANC y Omnium Cultural. Bueno, a decir verdad en esto no está desencaminado. Ya se encarga su Gobierno, mediante generosas subvenciones, de que estas organizaciones sean tan institucionales como el editorial concertado de la prensa catalana.

Varias veces se arropó Mas con el pueblo y Catalunya, sinécdoques confusas que le evitan pronunciar la palabra ciudadanos. Bien, y ahora, ¿qué? Seguimos en la misma tesitura, aunque cada vez va quedando más patente la inanidad de las soluciones terceristas y el ejemplo de Cameron va a reforzar a Rajoy en sus convicciones de que lo mejor para evitar respuestas indeseadas es no autorizar preguntas improcedentes e ilegales. Por otra parte, el pueblo secesionista catalán se habrá dotado de un líder como Mas, pero eso no quiere decir que se equivoque al considerar que toda concesión, mejora de la financiación o reforma federal de la Constitución no son más que signos de debilidad, que les permiten acercarse más a su oscuro objeto de deseo.

El que desafía al Estado pierde. Gracias, Rubalcaba. Y el que pierde, paga; es lo que le toca a Mas. Esto es así desde siempre, vae victis, se lo explicaba el consigliere Tom Hagen a Frank Pentangeli, en El Padrino II, al explicarle cuál era la única salida para los romanos que se conjuraban contra el César.

Cuando la memoria vaya diluyendo en adjetivos inadecuados todos estos hechos, los soberanistas del futuro superarán los actos institucionales de la ofrenda a Casanova y el oficio de difuntos en el Fossar de les Moreres para llevar flores a porfía al monumento que la nación catalana, agradecida, levantó en Premià de Dalt a Jordi Pujol i Soley, un patriota que padeció el acoso de los castellanos, aquesta gent tan ufana i tan superba, a cuenta de la seriedad con que el hombre se tomaba el dinero público y lo bien que lo guardaba.

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The Long Goodbye

Sosa Wagner debía de estar el sábado en un estado de melancolía, mientras medio centenar de compañeros de partido desfilaban por el atril para ponerlo a escurrir por dos razones: llevar a los medios propuestas que deben hacerse en el partido y tildar las maneras de la dirección de autoritarias. Quizá faltaba la acusación de hacer trabajo fraccional para que aquello acabara de parecer un comité central del PCE de los años 60.

El repaso al que 50 dirigentes sometieron a Sosa durante más de seis horas recuerda el que relata Semprún en Autobiografía de Federico Sánchez, aunque a Sosa no le exigieron autocrítica y le permitieron un turno de defensa: cinco minutos. No se quejará: te recuerdo Amanda, la vida es eterna en cinco minutos, etc. Gorriarán ha retirado las acusaciones de «corrupto político 100%» que había lanzado a Paco Sosa en Twitter, pero se ha negado a pedir perdón, que sólo pide a su partido.

Es comprensible. Acusar de «corrupción política pura» al que tres meses antes había sido designado como cabeza de lista a las europeas, no califica al partido como una herramienta muy eficaz contra la corrupción. Pedir perdón al partido tiene lógica, pero me ha recordado un lance que me hizo perder un antiguo afecto por Maruja Torres, cuando, tras escribir en su columna de El País «por cada millón de personas que se manifestaba [contra la Guerra de Irak] existían cuatro millones de hijos de puta que callaban sabiendo que iban a votar a Aznar», escribió otra para rectificar y pedir perdón al periódico y a sus lectores. Por llamar hijos de puta a los hijos de puta, supongo.

El Consejo Político de UPyD aprobó el mismo día sus 20 condiciones para cualquier pacto político. La III Internacional puso 21 en 1920 para cualquier aspirante a entrar. En democracia, por lo general, basta con que tu interlocutor acepte la legalidad para sentarse a negociar un programa. El programa es el objetivo, no la condición previa. UPyD propone como requisitos, no sólo un programa, sino también un ideario y unos estatutos que definan la organización interna del posible socio.

Curiosamente, fue Rosa Díez la única dirigente que levantó la mano para aceptar la propuesta de frente contra el nacionalismo catalán propuesta por Cospedal el viernes, sin poner una sola condición. ¡Ni siquiera a C’s! Si uno fuera mal pensado, diría que ese no es un invento de Cospedal, sino el objeto de la reunión que Rosa Díez mantuvo con Rajoy el miércoles. Un presidente suele tener la agenda llena ya de víspera. En todo caso es una propuesta que, en lo que dura un suspiro, ha pasado de las musas al olvido.

«Adiós, señor Maioranos», le decía un decepcionado Philip Marlowe a quien había sido su amigo, Terry Lennox, al final de El largo adiós. El 20 de abril de 2010 presenté a Rosa Díez ante un público de empresarios en Madrid. Cité en aquella ocasión una metáfora afortunada de Savater: UPyD era la bandera roja que se caía del camión en Tiempos modernos. Chaplin la recogía para devolverla y al doblar la esquina se convertía en cabeza de manifestación. También dije que si UPyD defraudaba las expectativas «habría que echarse otra vez a la calle a esperar a que a otro camión se le cayera una bandera que pudiéramos recoger». Me temo que ya hemos llegado a ese momento. Qué lástima.

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Marca ®

Es mucho lo que da de sí el genio de la raza. Un asesor del PP en el Ayuntamiento de Valencia ha tenido una ocurrencia, que es como una idea, pero en plan algo más casual. Esto, ya de por sí, debería mover a preocupación a Rita Barberá, que es la jefa de Luis Salom, ese campeón de los 100 metros lisos en los registros burocráticos, lo que hace de él un velocista puro.

Viene a resultar que nuestro hombre se plantó el miércoles en la Oficina de Patentes y Marcas y registró como propias las marcas Guanyem Barcelona y Guanyem Valencia. Desde hace semanas se sabe que estos son los nombres con los que los círculos viciosos de Podemos y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca que dirige Ada Colau, una señora que no se ha visto afectada jamás por una hipoteca, ya que siempre ha vivido de alquiler, quieren concurrir a las elecciones municipales de 2015.

El asesor municipal debió de pensar que la transparencia perfecta no es condición suficiente para proteger a la democracia de la estupidez y/o desesperación de los votantes y decidió aportar su modesto esfuerzo intelectual y sus mañas burocráticas. La primera sorpresa de noticia tan pintoresca es que Salom no pretende impedir la concurrencia de Guanyem a las elecciones en las dos ciudades mencionadas. Como él mismo dice, tampoco lo ha hecho movido por ánimo de lucro, sino con un fin altruista: si Ada Colau y Pablo Iglesias quieren que renuncie a las marcas que ha registrado deberán entregar 10.000 euros cada uno a la ONG Sant Joan de Déu, dedicada a actividades solidarias en Valencia. Ya nadie reivindica el ánimo de lucro, esa fuerza motriz del capitalismo; incluso los asesores del partido de la derecha española esconden bajo su manto liberal conservador un tierno corazón socialdemócrata.

Lo que no sabemos es de qué o para qué tienen la cabeza. El asesor debería saber que el lugar idóneo para registrar un partido no es la Oficina de Patentes y Marcas, sino el registro que a tal efecto tiene dispuesto el Ministerio del Interior para partidos políticos, o las Juntas Electorales para las agrupaciones de electores. Y si se lo denegaran, siempre queda el recurso al Tribunal Constitucional, que resolvió muy bien la inscripción de las distintas marcas batasunas contra denegaciones del Ministerio e incluso del Tribunal Supremo.

Parece evidente, por otra parte, que el registro tiene como fin impedir la apropiación fraudulenta de un nombre, de una marca por alguien a quien no le corresponde. Pero el asesor Salom no tiene legitimidad para tener en propiedad (detentar) una marca que no es suya, plagiada a quienes venían anunciando sus intenciones políticas en torno a las marcas citadas. Creo que Podemos y la plataforma que gobierna Ada Colau son en sí mismas dos organizaciones que sólo se explican por el abandono que los partidos de la democracia española, incluido aquel en el que milita Salom, han hecho de sus obligaciones. Otra cosa es que los votantes de Ada y PI vayan a optar por un remedio bastante más destructivo que la enfermedad.

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Padres e hijos

Jean J. Zilberman dirigió hace cosa de 20 años una película amable, pero errada ya en el título. No todo el mundo puede presumir de haber tenido unos padres comunistas. De lo que pueden hablar muy pocos es de haber tenido unos padres catalanes, que son los que dejan a sus hijos herencias extraterritoriales y al abrigo de la voracidad fiscal española. Así lo hizo Florenci Pujol, santo varón, y así lo mantuvo su hijo Jordi, a ver quién era él para llevarle la contraria a su padre. Así lo hizo también el padre de Artur Mas, a quien el coño ese de la Udef, por decirlo con palabras de Don Pujolone, considera testaferro de este último. El propio Artur consideraba a Jordi Pujol su padre político.

Este era un asunto de padres e hijos, una cosa particular en opinión de Mas. Sólo entre padres e hijos, de ahí que la hermana de Pujol no tuviese conocimiento de herencia alguna. Por eso, Millet, el genio del Palau, cargaba a la institución la boda de la hija y luego le reclamaba la mitad a su consuegro. De ahí que el presidente de la Generalidad haya invocado unos ciertos estándares de decencia: «Es de mal gusto meterse con un muerto». La comparecencia de Montoro ha venido a ser como citarles a los muertos. Dios mío, qué solos se quedan, escribió Gustavo Adolfo, y qué socorridos resultan en lances como estos. Que se lo pregunten a los protagonistas de Filesa, a los que tan oportunamente se les produjo el óbito de Pedro Toledo.

Menos mal que el ministro estaba obligado a la discreción, pese a lo cual se le entendió todo, al preguntarse, con los catalanes, si la forma de querer y entender Cataluña (de Pujol) «está avalada por otros dirigentes de su partido y si su herencia política y sus herederos políticos no estarán contaminados por esa presunta herencia que el señor Pujol puso a buen recaudo en Andorra».

Negó que el patriarca haya regularizado sus «30 años de clandestinidad fiscal», no descartó la posibilidad de que haya incurrido en algunos otros delitos y resumió la impresión que dejó en la mayoría de los españoles, incluidos catalanes, el lamentable canto de la gallina que entonó la tarde de Santiago –y casi por compromiso–: «Si creía que pidiendo perdón públicamente se hacía borrón y cuenta nueva, se equivocaba de pleno».

Los nacionalistas afearon a Montoro que aprovechara para descalificar el independentismo. Parece que la cosa es más bien al revés, ahora que, según parece, más que herencia, hay algunas mañas financieras que han venido a enriquecer a la familia desde los tiempos de Banca Catalana. El PSOE y el PP se comportaron como validos y aprendieron a disimular como es debido. A cambio, CiU postergaba sus ansias independentistas y se llevaba su porqué todos los años al apoyar los presupuestos a unos o a otros. Ahora, acuciados por el coño ese de la Udef, no les ha quedado más remedio que echarse al monte de la independencia con el fin de alcanzar el don de la extraterritorialidad frente a la Justicia española.

No van a llegar, pero aún les queda la posibilidad de hacerse benedictinos y hacerse fuertes con su herencia en Montserrat.

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