Un fiscal liante

El Mundo, 15-8-16

El fiscal superior del País Vasco, Juan Calparsoro, es un hombre singular a partir de dos características: la primera es una pertinaz vocación por meterse donde no le llaman. La segunda le viene de una afición por el micrófono que guarda paralelismo con la del tonto por la tiza. Mal comparado y sin ánimo de molestar. Cuando Inés del Río Prada fue la primera beneficiaria de la reinterpretación que el Tribunal de Estrasburgo hizo de la doctrina Parot, Calparsoro demostró que incluso las cabezas más dotadas del Derecho pueden llegar a obnubilarse y confundir el cumplimiento de una pena con la gracia santificante que los creyentes hallan mediante el sacramento de la penitencia. Declaró que Inés había sido una asesina, pero ya no, porque había cumplido su condena.

Ahora ha venido a terciar en la inhabilitación especial que pesa sobre Otegi y le declara inelegible hasta 2021. La defensa alega el precedente de Iker Casanova cuya inhabilitación se quedó en nada por no especificarse en la sentencia para qué cargo público se le inhabilitaba. Uno, lego en Derecho penal, pero no en sentido común tiende a entender que «inhabilitación para cargo público» significa «para todo cargo público». Carece en absoluto de lógica que la falta de concreción quiera decir «para ningún». Pero la Audiencia Nacional rechazó el recurso de Otegi por protección a cosa juzgada: la resolución es firme y consentida en varios autos que así lo establecen y que no fueron recurridos por la defensa del dirigente batasuno.

La cuestión es que el fiscal Calparsoro ha vuelto a desautorizar el criterio de la Fiscalía de la A. N. en cuanto le han puesto un micrófono delante. ¿Qué se hizo de los criterios de dependencia jerárquica y unidad de actuación que recoge el artículo 124.2 de la Constitución? Misterio. Pero es que, además, el TSJ y su fiscal superior son perfectamente incompetentes en el caso Otegi. El frondoso jardín en el que se ha metido Calparsoro va a ser empleado por Bildu para exaltarlo a la gloria jurídica y explotar el propio victimismo. Esta polémica, por otra parte, es un tanto banal. Las encuestas sitúan a EH Bildu en horas bajas, no sólo por detrás del PNV, como es tradición, sino también detrás de Podemos, una marca que sigue en horas bajas en toda España desde el 26-J y cuya candidata a lehendakari no sabe si es independentista o no, como aquel personaje buñueliano: «Yo quiero ser artista, pero todavía no sé si quiero ser cinemática o me interesa más ser cabaretófila». Dicho sea con todos los respetos a Pili Zabala, una de las pocas personas que ha superado una prueba difícil en Euskadi: ser hermana de un terrorista torturado y asesinado por servidores del Estado y no albergar simpatía alguna por la banda.

He contado alguna vez que me sorprendió mucho una encuesta de ETB que declaraba a Otegi personaje más sexy del año. Para gustos están los colores, pensé, mientras imaginaba qué podían encontrar de atractivo en él las votantas y quizá los votantes: su flequillo entresacado o quizá sus ojillos maliciosos y crueles. Su atractivo estaba en lo que él mismo llamó «la disuasión armada», la banda terrorista. El terrorismo ha sido durante medio siglo una misa negra en la que los fieles comulgaban bajo la especie de la sangre de las víctimas. Desde que ETA renunció a la actividad terrorista toda liturgia amenaza irrelevancia. Eros pierde mucho si no va acompañado de Tánatos. «Piensa en la muerte», aconsejaba Resines en una película de Trueba para retrasar el orgasmo. Sin la muerte, la izquierda abertzale es puro gatillazo.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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