La política en el tocador

El Mundo, 8-8-16

El portavoz socialista, Antonio Hernando, cortó por lo sano el debate que proponía Zapatero para virar hacia la abstención, poner fin al bloqueo y propiciar la investidura de Rajoy. «Al PSOE nadie lo va a quebrar». En eso tiene razón: hay tareas que no se pueden externalizar, ellos se bastan y se sobran para quebrar el partido que más tiempo ha gobernado la democracia española.

Hagamos cuentas: han pedido la reflexión sobre el tema los dos socialistas que han presidido el Gobierno durante seis legislaturas, los cuatro secretarios generales que el PSOE ha tenido en los 40 años que van desde 1974 hasta 2014, varios exministros, otros tantos barones territoriales, un míster Pesc y toda la pesca. Uno comprende que todo eso es muy poco frente a la autoridad política del joven Sánchez y su guardia de corps: el gran Luena, Antonio Hernando, Óscar López y Meritxell, oh mi Meritxell, cuya posición es la que a uno le resulta más incomprensible: después de todo, facilitar el acceso de Rajoy a La Moncloa es menos comprometido en el plano personal que tener al PP 11 años en el propio dormitorio, pero en esto todo es cuestión de gustos.

Si los lectores recuerdan el tiempo en que Zapatero se empeñó en su fatal error de aprobar en el Congreso «la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña», de lo que después se arrepentiría, recordarán que el PSOE en su conjunto no estaba por la labor. Se dijo entonces que Alfonso Guerra y 40 diputados insumisos se plantarían en el debate, pero no hubo tal.

No los habrá tampoco ahora, por más que Pedro Sánchez sea una muestra gratuita y sin valor, comparado con Zapatero. Sus medianías no admiten medianeras ni mediaciones y el PSOE actual reproduce la crisis de la Roma republicana, aunque con una diferencia básica: el César y los suyos carecen de talento y todos los demás de decisión. Uno no acierta a ver en el Comité Federal a ningún barón con los huevos de Bruto y Casio, en plan incruento, naturalmente. Las dos únicas virtudes políticas que se le pueden imputar al secretario general son su carácter correoso y una ambición que está varios peldaños por encima de sus capacidades políticas.

Ha acertado en una cuestión fundamental: le ha cogido la medida a su partido y sabe que no tiene recursos para oponerse a esta cuadrilla desaprensiva e indocumentada que se ha hecho con el poder del aparato. Los viejos legionarios están cansados y en su mayoría han ido del corazón a los asuntos, de la fe de antaño a los negocios. Dice el periodista Rivasés en Tiempo que Felipe González se daría de baja como afiliado si el joven Sánchez pactara un Gobierno con Unidos Podemos. Habría que verlo, aunque en cualquier caso, la heroica coalición necesitaría la cooperación de los secesionistas catalanes y el traspaso de la línea roja que le había trazado el Comité Federal.

Al fondo tenemos la amenaza de las terceras elecciones, una desgracia de cuyos efectos económicos tardaríamos años en recuperarnos. De materializarse el Gobierno de progreso, la crisis se hará decadencia y tendremos para décadas. Rivera debería pensar que pactar los Presupuestos y el techo de gasto con un señor al que se niega como gobernante es empezar la casa por el tejado y que su voto afirmativo sería un factor definitivo para propiciar la abstención homeopática del PSOE que tanto dice desear, y por tanto para el desbloqueo. Se lo decía el divino marqués a sus paisanos en La filosofía en el tocador: «Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos».

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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