‘I vitelloni’

El Mundo, 1-8-16

Apenas se había difundido la confidencia que Pablo Iglesias hizo a su colega Monedero sobre los sueños que le provocaba la periodista Montero –«la azotaría hasta que sangrase»–, cuando el ingenio de Twitter le acuñó tres motes en menos de 24 horas, a saber: «el zote del azote», «Pablo Iglesias, Varón Dando» y «el macho alfalfa». Ya había advertido el general Perón en una de las pocas frases felices que uno le recuerda, que «de todas partes de regresa, menos del ridículo». Y de la indignidad, habría que añadir.

Hay que añadir a ello las crisis que su formación ha padecido en todas las comunidades autónomas y su fracaso en el intento de sobrepasar a un Partido Socialista en el momento más bajo de su historia, con el secretario general más mediocre que haya tenido nunca.

La incomprendida moralidad de Echenique al pagar en negro a su asistente, sólo defendida por Iglesias y el bloguero Sans Foy –«Yo estoy aquí para cambiar las leyes, no para cumplirlas»–, y las estafas del niño de la beca a la Universidad de Málaga y la de Juan Carlos Monedero a la Complutense, sancionadas ambas con inhabilitación y suspensión de empleo y sueldo par seis meses, respectivamente. Hay sin embargo en Iglesias una capacidad de percibir los hechos más realista que la que opera en los otros dos líderes que compiten con él por hacerse con el trofeo que se subasta en las elecciones repetidas, la cabeza de Rajoy.

El presidente del PP ha aceptado el encargo del Rey y debe presentarse a la investidura. El discutido artículo 99 así lo indica, aunque no le fija plazo para ello. Naturalmente, tampoco prohíbe taxativamente que desista, pero en tal caso no parece que habría otra oportunidad para él en buena lógica. Otro asunto es el absurdo empecinamiento de los postulantes, el joven Sánchez y Riverita, que se van a reunir con el candidato más cualificado (y más votado) mañana y pasado para lo mismo que Pablo Iglesias no se reúne, para decir que no. Rivera quiere que sea Pedro quien facilite la investidura mediante su abstención, pero si de verdad quiere que el PSOE se abstenga, él solo podría facilitarlo con su voto afirmativo. Rivera no concibe la posibilidad de negociar con Rajoy y se considera ungido para decir a otro partido político quién debe o no encabezarlo para formar Gobierno. Los afiliados al PP no cuestionan en absoluto a su presidente y este apoyo es aún más explícito entre sus votantes, que han aumentado mientras los suyos disminuían. Ya parecía una rareza que C’s quisiera imponer a otro partido la elección de sus candidatos mediante un proceso de primarias, pero es decididamente extravagante que las primarias del PP quiera celebrarlas él en la cúpula de Ciudadanos. Y que ni siquiera esté dispuesto a hablar sobre la propuesta que al parecer quería hacerle Mariano Rajoy.

Su socio de la legislatura pasada sigue emperrado en el no y lo único que explica su actitud es que el fracaso de Rajoy le lleve a una investidura con el voto favorable de Posemos, pero sin contrapartidas, como ellos les regalaron tanto alcalde. A ello habría que añadir una abstención, por supuesto técnica, de los 32 escaños ciudadanos para poder defender su secretaría general parapetado en La Moncloa, que es de lo que siempre se trataba. Uno cree o creía en la necesidad de un partido socialista, pero no es esto, no es esto. Este chico no vale, lo dicen sus compañeros, lo cantan los votantes en las encuestas, pero no hay nada que hacer cuando se ha entregado el mando a los incapaces y no hay nadie con decisión y arrojo para hacer del PSOE una alternativa real de Gobierno.

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Acerca de Santiago González

Periodista. Columnista de El Mundo. Ha publicado "Un mosaico vasco" (2001), "Palabra de vasco. La parla imprecisa del soberanismo" (2004), "Lágrimas socialdemócratas. El desparrame sentimental del zapaterismo" (2011) y "Artículos 1993 - 2008" (2012). Premio de Periodismo El Correo 2003.
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